Actualización de esta página: 06/08/2011 Buenos Aires, Argentina.
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000.023 •SdT - En "Artes, ciencias, quehaceres" desde 8 octubre 2007.
La proteína neural
y su noche romántica jamás hallada
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por Cecilia Heredia
Dado el avance de las ciencias y la historia de las ideas, incluidas las marxistas y sus debates, lo que discutimos aquí nos parece básico y elemental, pero lo hacemos porque nos llamó la atención que la nota «En busca de una teoría del cerebro humano», firmada «Juan Valverde» (y suponemos que esta firma no es casual: Juan Valverde de Amusco fue un anatomista español del siglo XVI, autor de una Historia de la composición del cuerpo humano), es publicada en la sección ‘Ciencias’ y no en el ‘Correo de Lectores’ de Prensa Obrera. Nos preguntamos: ¿indica esto una toma de posición, por parte del Partido Obrero, a favor del conductismo psico-neuro-biológico, o podrá ser el paso inicial de un debate?
En la nota referida se afirma: «El desarrollo de la biología molecular está abriendo el camino a una revolución científica, al identificar las moléculas responsables de nuestra conducta». Así, no sólo la conducta humana tendría un responsable llamado «moléculas proteicas – neurotrasmisores», sino que también la ciencia estaría en camino de identificarlas. Se habla de una revolución científica, aunque no se dice en qué consiste ni en qué se basan sus éxitos revolucionarios.
La nota que criticamos comenta las investigaciones de Eric Kandel, de la universidad de Columbia, New York, ganador del premio Nobel de Medicina en el año 2000 por sus investigaciones neurobiológicas. Para un «conductista» todo accionar humano es «conducta», y un neurobiólogo conductista (como Kandel) coloca el cerebro, el sistema nervioso y sus redes neurales en el centro de la conducta humana. (Puede consultarse por la web una buena descripción de sus investigaciones en la revista Medicina, Buenos Aires, 2001.)
El texto que criticamos finaliza diciendo: «Cualquier romántico se negaría a creer que aquella noche frente al mar está codificada en una proteína».
Nosotros decimos: por supuesto que en una proteína NO está codificada la noche romántica frente al mar, por más «científica» que se proclame la especulación sobre dicha proteína. No sólo lo afirmamos de la experiencia placentera o poética aludida, sino también del sufrimiento humano.
Esto es fácil de entender: las «codificaciones neurales» tienen otros «codificadores» (por decir así: otro «lenguaje», otro «sistema de signos») que los del placer experimentado en «la noche romántica frente al mar» o los del padecimiento humano, enteramente codificados en términos de afectos, vivencias y sentimientos de orden superior (complejos, relacionales y significantes), es decir: espirituales. Y aunque este nombre «espíritu» no sea el que más nos gusta, por lo que en él resuena del denominado Idealismo, aclaramos que no se trata del Espíritu Divino sino del que anima a los seres humanos como «símbolo» de la interactividad humana social-natural y para la cual todavía no hay un término en reemplazo de aquél.
Dicho de otro modo: la «noche romántica frente al mar» es una vivencia compleja, y los seres humanos damos pruebas de las vivencias en términos psico-afectivos, como seres hablantes y culturales. Una vivencia no está codificada en una proteína ni en un conjunto de proteínas, por más que dicha vivencia se produzca en relación con un «organismo» determinado (el nuestro, humano), organismo social complejo que no es solamente una red de neuronas y proteínas.
Porque lo que llamamos vivencia (en este caso humana y, por lo tanto, cognoscible y comunicable) es una complejidad asequible solamente en la perspectiva de un organismo social, material-ideal (o si se quiere: real y virtual al mismo tiempo), psicológico, orgánico y, para colmo de virtudes, de carácter dialéctico (es decir, plagado de contradicciones, progresivas y regresivas).
Además, debemos recordar que para el materialismo dialéctico un «organismo» es al mismo tiempo un hacedor que ha sido hecho por su medio ambiente y contexto; producido y productor de modificaciones; medio y mediación entre organismos de similar o de diversa condición. Pero con una salvedad: el organismo humano es una organización superior y colectiva que produce (crea) su cultura (es decir: su libertad) y avanza sobre lo natural. Dicho esto sin olvidar la precaución de Engels: «... No nos halaguemos demasiado por nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Por cada una de esas victorias, ella se venga. Cada una, es verdad, tiene en primer lugar las consecuencias sobre las que contamos, pero en segundo y tercer lugar tiene otras muy diferentes, no previstas, que demasiado a menudo eliminan a esas primeras consecuencias» (y sigue Engels mencionando algunas de estas «venganzas naturales») (Dialéctica de la naturaleza).
Equiparar niveles con «sistemas codificadores» tan diferentes y alejados entre sí es similar a lo que hacen los astrólogos: para formar su fantástico Zodíaco mezclan a su antojo los mitos y las estrellas visibles en el cielo, regalándole así un barniz de «cientificidad» a sus supersticiones y negocios.
Si algo en la conducta «falla», los «conductistas cerebrales» van a buscar las fallas a nivel de la información o funcionamiento neural. Los sistemas nerviosos de caracoles y ratones son la materia prima de su investigación. ¡Al menos las investigaciones psicológicas, por el contrario, colocan a los «seres-humanos-en-relación» como objeto principal de su estudio!
Siguiendo los desarrollos hipotéticos de los descubrimientos de las neurociencias, la conducta, derivada del funcionamiento de las células nerviosas, podría ser influida por el aprendizaje, capaz de cambiar –según Kandel– el funcionamiento sináptico. Por este camino la conducta humana sería pasible de ser manipulada al antojo de técnicas cognitivo-conductuales o medicación psicotrópica.
Este conductismo neurobiológico está a la caza de la influenciabilidad neural. ¿Con qué fines?: correctivos, sin duda. Pero no era necesario sumergirse en el submundo de las trasmisiones neurales y de las sustancias químicas para reconocer a nivel conductual las humanas influenciabilidad, interdependencia, relación recíproca, condicionabilidad refleja, capacidad de adaptación-desadaptación, sugestionabilidad, etc., detectados, comentados y estudiados desde hace siglos.
La nota sostiene un pensamiento reduccionista que conlleva una esperanza reaccionaria y, en definitiva, idealista: se manifiesta la ilusión de que modificando («curando») las moléculas se modificará (se «curará») la conducta fallada y, de esta manera, se la habrá controlado y amoldado a no se sabe bien qué Ideal de Perfección. Posición que pretende sostenerse en una confusión, plasmada incluso en una frase que equipara lo físico orgánico y el materialismo: «dos corrientes: la metafísica y la materialista (o física)».
En detrimento del valor de los avances en la investigación neurológica, los «neurocientíficos-conductistas-que-todo-lo-explican» (posición en boga en la Psiquiatría en los Estados Unidos) son los modernos mercachifles que, a modo de los astrólogos y su Zodíaco, quieren poseer un Libro Genético de las Neurociencias para satisfacer los intereses del mercado (léase: laboratorios, clínicas psiquiátricas, terapéuticas de adaptación social, tratamientos de corto plazo tan codiciados por la atención médica «pre-paga», etc.).
Por supuesto que la búsqueda científica de los mecanismos neurales es valiosa. Pero trasladar sin transición el laboratorio de las ciencias neurales al terreno de las preguntas humanas claves y pretender un compendio «cerebral» de las «eternas verdades» de la vida y sus conflictos es un error por lo menos anticientífico y antidialéctico.
Es llamativo cómo esta posición se acerca a las más retrógradas y reaccionarias en relación con la valoración del padecimiento psíquico, que suelen coincidir en sobrevalorar las teorías explicativas organicistas y los tratamientos «orgánicos» para la vida anímica. Un ejemplo actual: los psiquiatras organicistas y sus escuelas jerarquizan la «curación» a través de la medicación neurobiológica (sustancias químicas) y no dan verdadera importancia a terapéuticas por la palabra y la interrelación humana y social, tan clara y probadamente eficaces.
La posición sostenida en la nota no es ni materialista ni dialéctica, sólo muestra un intrépido entusiasmo por hallar la verdad última de «la mente» humana en el magma «natural» de la proteína. ¡Como si la proteína y la neurona fueran más naturales y materiales que el ser humano viviente como totalidad relativa en el mundo!
Y todo esto a pesar de que ya Trotsky se encargó de orientar a los marxistas y sus adherentes hacia una valoración de las terapéuticas psicológicas basadas en el descubrimiento de lo inconsciente y el valor de la palabra y los vínculos relacionales, sin por ello perder de vista otras terapéuticas y el conjunto de la ciencia.
Pero además Trotsky señaló: «... Observamos un solo y mismo error fundamental: los métodos y realizaciones de la química o de la fisiología, violando todos los límites científicos, son transportados a la sociedad humana. Difícilmente transferirá un naturalista sin modificación las leyes que gobiernan el movimiento de los átomos al movimiento de moléculas que están gobernadas por otras leyes... (...) Por supuesto la vida de la sociedad humana, entrelazada con las condiciones materiales, rodeada por todos lados por procesos químicos, representa en sí misma, en último análisis, una combinación de procesos químicos. Por otro lado, la sociedad está constituida por seres humanos cuyo mecanismo fisiológico se puede resolver en un sistema de reflejos. Pero la vida pública no es ni un proceso químico ni fisiológico, sino un proceso social que está conformado de acuerdo con sus propias leyes...» (en «La filosofía de Mendeleyev»; destacado nuestro).
Parafraseando a Trotsky, decimos: la vida anímica, psicológica, intelectual y afectiva de este «ser natural-social» que somos, aunque se la pueda, en última instancia, reducir a un mero funcionamiento neuronal, jamás podrá ser abordada en su complejidad si no se intenta comprender sus leyes, relaciones y dinámica vivientes. La mencionada reducción (que también en última instancia se muestra como una vivisección harto relativa, una des-composición del ser viviente) sólo sirve a los fines de una mera descripción molecular.
Insistimos: no desconocemos las investigaciones neurobiológicas y su importancia en el avance de la comprensión y las intervenciones en el sistema nervioso, sistema que integra la subjetividad humana como parte de su base funcional orgánica; pero tampoco cerramos los ojos ante la evidencia del interés non sancto que tienen en estas investigaciones la industria de drogas y sustancias, además del resto de las clínicas y terapéuticas adaptacionistas y/o capitalistas.
He ahí la discusión que debería quedar abierta al menos en el terreno de las cuestiones científicas, terreno en el que conviene no olvidar jamás el llamado de atención de Engels en el Anti Dühring: “No basta con que yo clasifique un cepillo de botas en la unidad ‘animales mamíferos’ para que en el mismo broten glándulas mamarias”.
(20 setiembre 2007)
Cecilia Heredia, Alberto a. Arias
Referencias bibliográficas:
-Juan Valverde: «En busca de una teoría del cerebro humano». En: Prensa Obrera, Nº 1009, 13 setiembre 2007, Buenos Aires.
-Friedrich Engels: Dialéctica de la naturaleza, pág. 316, Ed Problemas, Buenos Aires, 1947.
-Friedrich Engels: Anti Dühring, Ed. Cartago, Buenos Aires, 1973.
-León Trotsky: “La filosofía de Mendeleyev”. En: Literatura y revolución, El Yunque, 1974.
-Esteban Freidin, Alba E. Mustaca: «Kandel y sus aportes teóricos a la Psicología y a la Psiquiatría». En: Medicina, Vol. 61, Nº 6, Buenos Aires, 2001.
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