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Nos están pegando, y otros poemas

 

por Daniel Pérez

 



 

Nos están pegando

 

 

Cariño,

nos están pegando,

¡mira la biaba!

se viene sobre nosotros,

una manga de langostas apocalípticas,

alguien

nos ha hecho tropezar en los pozos de la calle,

y ahí la tunda,

la marimba,

de espaldas al cielo,

que es la posición de no salvación,

¿y qué del coraje?

aunque tengamos bastante,

¿qué del coraje?

cuando ellos son tantos cariño,

tantos que ya no recuerdo todos sus nombres,

ni me figuro sus rostros,

que es la peor forma de reconocer enemigos,

y la selva tan oscura,

allí afuera,

la ciudad es una selva,

tan oscura

que no voy a poder encontrarte después de todo,

después,

todo apaleado,

no voy a poder encontrarte cariño,

ni ahora

que nos están pegando,

y es como que nos perdiéramos cariño

entre tantos remolinos de violencia,

damos vueltas cariño,

y nos queremos defender,

a palos cariño,

nos defendemos mareados,

borrachos,

no comprendemos

mi palo en tu lomo,

mi lomo en tu palo,

nos están pegando cariño,

nos estamos,

yo agonizo en tus ojos hundidos,

en tu pálido rostro demacrado,

rabiamos cariño,

con la sangre en la boca,

cariño.

 

 

Tiempos

 

 

Mi hijo juega con la muerte,

hace a un lado sus autitos

y juega con la muerte.

 

La viste,

la desviste,

la lleva de paseo en caballo de escoba,

hasta le permite

sentarse a su lado

a la hora de comer.

Ella come en nuestra mesa.

 

Cuando mi hijo ríe

yo también

río en la cara de la muerte.

Luego

compartimos café.

 

 

Puedo perderte mujer

 

 

Puedo perderte mujer,

mi casa está llena de montañas,

en sus cuevas habito.

 

Mi único remedio es la poesía,

ilegal y amurallada,

borrada del vademécum

junto con el pájaro que canta y agoniza,

la espina en el pecho y la sangre,

roja, carmín, púrpura burbujeante,

la poesía es un trapo

donde augusto se limpia los pies

cuando vuelve de la calle.

 

Alguien te lo recordará en mitad del cuerpo,

allí donde tampoco quedan las palabras,

donde queman una vida para hacer un reloj de cenizas,

allí donde ocultan el fuego,

puedo perderte mujer,

mi casa está llena de montañas,

en sus cuevas

habito.

 

 

Pedido de despedida

 

 

Con las manos me quito restos de la noche

que quedaron adheridos a mi piel,

amanece y gotea mi carne sobre el fuego,

el chirriar rompe el silencio,

el silencio ha roto tuétanos en la noche,

pasa suelta una paloma de horizonte,

la saeta misionera de la luz,

el hombre arroja a la graciosa mensajera

latas de tomates y otras conservas,

le quema los ojos con un cigarro,

el chirriar rompe el silencio,

el agua del ojo hierve

y la mirada gotea sobre el fuego

todo lo visto,

la grasa deja una mancha oleosa en el suelo,

mis pies descalzos resbalan en ella,

abren una grieta en la espuma de la rosa,

la concentración fatiga,

dejo para mañana lo que hoy no me sobra,

qué tienen tus manos

que cuando pronuncias la palabra adiós

me clavan espinas,

esto no es sangre,

esto habita la duda del cuello

ante la horca,

blasfeman sancho,

pican tu rostro,

alguien acapara llantos para cuando el desierto,

me tiembla el pecho,

una fría desazón se articula en las heridas,

gotea la carne sobre el fuego,

el chirriar rompe el silencio,

el agua del ojo finge la mirada,

me queda esta ilusión,

de vez en cuando

me asalta un sueño,

de vez en cuando una humareda

dentro de un calabozo,

de vez en cuando una antorcha

pariéndote en la boca un beso,

no hay nada que te amedrente

ni siquiera esa iguana fría

que pasea por tu lengua como un gusano verde

pero reptílico,

el arrastrar el alma de la paloma herida,

que si te vas te vas,

quién mencionó lo perpetuo,

si es que estamos sentados al abrigo

de una pizza fría,

y esto no es comida chatarra,

hay gente que se está comiendo los tornillos

y las chapas de su propio rancho,

quién divinizó la miseria

y los empalmes

y los gallitos de oro colgando de las cadenas

y los gallitos negros en los tejados

y el popohipo,

los bises,

los abrazos,

te aclamo con el clamor del cuerpo,

anoche una mujer estalló en mis caderas,

no has visto sus pedazos al entrar en casa,

estaban por el comedor,

estampados en el vidrio

y entre los restos

de la comida de ayer,

la pizza fría,

no has visto,

esa mujer se llamaba gloria

y dormía con las luces encendidas

para no descansar,

para morir en los silencios oscuros

de los popohipos

que blasfeman o ignoran las advertencias

como las polillas del hueso,

ahora vienen a verme los vivos,

me dan asco,

sus rostros hipócritas,

sus nombres hipócritas,

sus vidas hipócritas,

me dan asco

y náuseas y vómitos los vivos,

entiendan los silencios,

escuchen lo que callan,

lo que esconden de la vista, del oído,

yo estoy

montado en la cisterna del patio y observo los limones,

alguien tendrá que hacerse cargo del mundo,

no podemos estar dando vueltas y vueltas

como pelotudos,

alguien tendrá que hacerse cargo del mundo,

alguien que no sea Bush,

ni Bin Laden,

ni el sistema capitalista,

ni esa monarquía comunista,

alguien tiene que venir,

estoy tan solo,

mirando los limones,

que se me pudren los pies en las lágrimas caídas,

alguien tiene que venir,

estoy tan triste,

que me aplauden,

aplauden la tristeza

del tipo que está solo y triste,

triste y solo,

solo,

cuando ya no queda nadie

y nadie se ha ido

entiendan lo que hablo,

hablo

del hablar y del silencio,

del hablar con migo,

y del silencio con todos,

hay una pájara pinta en la enramada

gatillo, gatillo,

¡pum! a la píntara pájara que cae muerta,

¡pum! a la píjara pinta, muerta,

búsquenme un silencio,

acrobático y efímero,

algo delicado,

no caótico,

un silencio

al doblar la esquina,

en el agua sucia del cordón de mil veredas,

búsquenme un silencio,

por favor

cósanme la boca.
 

[2004-05]

 

Daniel Pérez

 

 


La presente es la primera publicación de estos poemas, que habían sido dichos ante público en el "Café de la Ópera" de Rosario (ciclo "La poesía en los bares"), en el 2005.

 



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"Nos están pegando, y otros poemas"

por: Daniel Pérez

[incluye el audio   de los poemas.]



 

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