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La importancia de la crítica en el desarrollo
del movimiento revolucionario
•
Este artículo ha sido escrito para dar cuenta de un viejo malestar que siento en el movimiento libertario. Este malestar es lo escaso de la discusión en los medios anarquistas, sumado al hecho que lo poco que hay, es frecuentemente plagado de insultos y de un ánimo mas bien competitivo que constructivo. Esta falencia, que se ha convertido en una de carácter crónico, tiene remedio y puede superarse con voluntad y altura de miras. Las ideas aquí articuladas comenzaron a desarrollarse a partir de un documento de discusión para la revista chilena Hombre y Sociedad (en el 2006), ya que en esta publicación hemos intentado ir superando esta situación, aunque reconocemos las limitaciones y lo humilde de nuestro esfuerzo.
Espero que las ideas acá vertidas sirvan para ir dejando de lado vicios del movimiento y podamos construir un edificio de bases sólidas y con aire fresco desde donde trabajar por la revolución del mañana.
La importancia de la crítica en el desarrollo
del movimiento revolucionario
I.
No es
poco frecuente que escuchemos, cuando se habla de las diferencias entre el
anarquismo con las otras corrientes de izquierda, que el anarquismo es una
corriente “libre de dogmas”, “no cerrada sobre sí misma” y “abierta al
desarrollo mediante la libre crítica”. Esto se ha repetido hasta el hartazgo,
insaciablemente, y de común se asume tal cosa como una virtud suprema del
anarquismo. Sin embargo, el menor contacto con la realidad de los círculos
anarquistas nos entrega una realidad bien diferente a estas autocomplacientes
declaraciones. Pese a todo lo que se diga de la falta de “dogmatismo” en el
anarquismo, lo que frecuentemente encontramos es falta de reflexión sistemática
mezclada con el más recalcitrante de los dogmatismos, donde el análisis sereno
de la realidad es reemplazado por una serie de categorías apriorísticas e
incontrastables con la realidad. Lejos de encontrar un ambiente favorable al
desarrollo de la crítica, encontramos un movimiento paranoico que tiende a tomar
la crítica por ataque o que es demasiado tímido como para discutir en términos
efectivos las diferencias reales en su seno. Y encontramos a un movimiento que,
lejos de aceptar las diferencias, discutiéndolas con altura de miras, está
siempre presto a excomulgar. Tal cosa no es defecto de tal o cual publicación o
de tal o cual personaje en el movimiento (aunque claramente haya quienes llevan
esta tendencia a niveles patológicos), sino que es un defecto profundamente
engranado en el movimiento libertario que permea a prácticamente todos los
sectores y corrientes de éste.
En verdad, el anarquismo tiene aún muchas falencias. Adolecemos como movimiento
de bastantes cosas, somos aún un movimiento en ciernes, pese a nuestra larga
historia. Pero una de las carencias que más duele es la ausencia de una
tradición auténtica de debate. Pues ahí donde no hay discusión hay dogmatismo, y
donde hay dogmatismo hay ignorancia. Donde la discusión no vuela libremente, lo
que impera es la falta de dinamismo en las ideas y el desfase con la realidad.
En semejante ambiente no puede propiciarse el desarrollo de un movimiento sano,
con ambiciones de transformar el mundo actual.
II.
Carecemos de una tradición
de discusión. Estamos demasiado acostumbrados a “denunciarnos” en vez de
discutir. Hay muchos en nuestro movimiento más cercanos al espíritu de
Torquemada que al espíritu de Bakunin. Hay muchos que prefieren desperdiciar su
tiempo “vigilando” los pasos de otros anarquistas y denunciando lo que sea que
ellos consideren una desviación, en lugar de aportar a la construcción concreta
de un movimiento. El anarquismo aparece así, más que como una herramienta de
transformación del mundo, como un conjunto de dogmas elementales, de rudimentos
políticos mal digeridos, de consignas vagas y generales que reemplazan la
reflexión política seria. El simplismo quita espacio al pensamiento articulado.
Tenemos demasiados auto-proclamados defensores de la fe y demasiados pocos
anarquistas dispuestos a desafiar lo presente para explorar nuevos caminos para
el anarquismo ante un mundo que no deja de girar.
En vez de aceptar las diferencias de opinión como tales y proceder a
intercambiar, respetuosamente, enérgicamente, pero siempre con ánimo
constructivo, denunciamos y descalificamos. No sabemos debatir y frecuentemente
nuestras discusiones se han entrampado en cuestiones de principios y todas las
divergencias tácticas son elevadas a la categoría de discusiones de los
principios eternos del anarquismo. Pierre Monatte, el viejo anarquista
sindicalista francés, se quejaba en el Congreso de Ámsterdam (¡en 1907!) de que
“Existen
camaradas que, por todo, incluso por las más fútiles cosas, sienten la necesidad
de levantar cuestiones de principio”
[1].
Con ello, parece que a cada diferencia nos estamos jugando la razón del ser
anarquistas y las posiciones divergentes son caricaturizadas como
“autoritarias”, “totalitarias”, “marxistas”, “reformistas”, etc... Rótulos
bastante útiles para evitar abordar las discusiones de manera política y no
histérica. En nuestro movimiento, lamentablemente, se tiende a adornar,
cualquier argumentación, con un sinnúmero de adjetivos calificativos que no
aportan nada, absolutamente nada, al esclarecimiento del asunto a debatir. Así,
cada debate en torno al anarquismo termina en una pugna por ver quién es el
“más” anarquista, quién es el que conserva la línea sagrada.... y no quién tiene
la razón a la luz de la realidad.
Pareciera ser que en este ambiente de “denuncias” y ausencia de debate, la
realidad misma no fuera sino un aspecto secundario que poco o nada aporta a
cualquier materia que está en el tapete.
III.
Este
sectarismo y dogmatismo también se ven reflejados en nuestra propaganda. Incluso
hemos llegado al extremo que publicaciones completas del anarquismo gastan una
cantidad enorme de tinta y papel en atacar a otros anarquistas, en vez de
discutir sanamente o atacar a aquellos que realmente joden la vida a millones de
personas en este mundo
[2]. Quienes obran de esta manera hacen un enorme daño al
movimiento: no solamente alimentan las tendencias centrípetas en el anarquismo,
sino que además persuaden a los lectores no familiarizados con nuestras ideas,
de que el anarquismo es un movimiento de espíritu mezquino, estrecho y pequeño,
encandilado en sus propias vanidades e insensible a los verdaderos problemas de
nuestro tiempo. ¿Para qué unirse a un movimiento que está demasiado ocupado con
las tareas inquisitoriales como para ocuparse de la problemática cotidiana del
conjunto de los oprimidos, de los pobres, de los explotados, de los
marginados?
[3]
Esta virulencia en los ataques a quienes piensan u obran de manera diferente y
este sectarismo, han llegado al paroxismo con las posibilidades abiertas por
internet y la comunicación virtual. Cualquiera puede hoy en día insultar
gratuitamente y cobardemente, desde la comodidad de su hogar y con la protección
brindada por el anonimato, a organizaciones o referentes del movimiento
libertario que están dando la cara y la pelea. Cualquiera puede dar rienda
suelta a sus ánimos destructivos y a su espíritu miserable para despreciar los
esfuerzos levantados, muchas veces con enormes sacrificios, por compañeros que sí
se están mojando la espalda para levantar en los hechos una alternativa
libertaria. Con todas las posibilidades abiertas por internet para intercambiar
experiencias y discutir, es decidor que la mayoría de los foros sean pobrísimos
y que donde más tráfico de comentarios hay, sea solamente para insultarse o para
descalificarse. Esto es una realidad extremadamente triste y dolorosa para
quienquiera sea honesto en la lucha.
Esto es propio de movimientos alejados de la realidad, y en verdad, aún en las
filas del anarquismo hay muchos quienes carecen de contacto —en un sentido
orgánico, obviamente— con el mundo popular o carecen de cualquier esfuerzo por
levantar un trabajo constructivo en medio de los explotados. A la lucha no basta
conocerla por los libros de historia, sino que debe saber hacerse carne en el
día a día. Con gente desarraigada de las luchas y organizaciones populares
creemos que es difícil un debate efectivamente constructivo, pues al carecer de
experiencia práctica, son incapaces de mantener la discusión en el plano de la
realidad y fácilmente son arrastrados al Olimpo de las abstracciones principistas. Y de ahí a las denuncias de “traición al anarquismo”.
Ése es su
verdadero terreno, y por eso ante las diferencias su natural reacción es
refugiarse en la seguridad de su propio grupúsculo, un puñado de guardianes de
la fe.
IV.
Estos problemas a los que hago referencia no son, para nada, un asunto nuevo. Hace 85 años ya eran señalados incisivamente por Camilo Berneri en un artículo cuyo tono, a cualquiera que lleve ya un buen tiempo militando en el movimiento anarquista, le sonará tristemente actual y familiar:
(…)
Somos inmaduros. Lo
demuestra el que se haya discutido la Unión Anarquista haciendo sutilezas
sobre las palabras partido, movimiento, sin entender que la cuestión no
es de forma sino de sustancia, y que lo que nos falta no es la exterioridad del
partido sino la conciencia de partido.
¿Qué entiendo por conciencia de partido?
Entiendo algo más que el fermento pasional de una idea, que la genérica
exaltación de ideales. Entiendo el contenido específico de un programa
partidario. Estamos desprovistos de conciencia política en el sentido que no
tenemos conciencia de los problemas actuales y continuamos difundiendo
soluciones adquiridas en nuestra literatura de propaganda. Somos utópicos y
basta. Que haya editores nuestros que sigan reeditando los escritos de los
maestros sin añadirles nunca una nota crítica demuestra que nuestra cultura y
nuestra propaganda están en manos de gente que intenta mantener en pie el propio
tinglado en vez de empujar al movimiento a salir de lo ya pensado para
esforzarse en la crítica, en lo que está por pensar. Que haya polemistas que
intenten embotellar al adversario en vez de buscar la verdad, demuestra que
entre nosotros hay masones, en sentido intelectual. Añadamos a los grafómanos
para quienes el artículo es un desahogo o una vanidad y tendremos un conjunto de
elementos que entorpecen el trabajo de renovación iniciado por un puñado de
independientes que prometen.
El anarquismo debe ser amplio en sus concepciones, audaz, insaciable. Si quiere
vivir y cumplir su misión de vanguardia debe diferenciarse y conservar en alto
su bandera aunque esto pueda aislarle en el restringido círculo de los suyos.
Pero esta especificidad de su carácter y de su misión no excluye una mayor
incrustación de su acción en las fracturas de la sociedad que muere y no en las
construcciones apriorísticas de los arquitectos del futuro. Al igual que en las
investigaciones científicas la hipótesis puede iluminar el camino de la
indagación pero se cierra esa luz cuando resulta falsa, el anarquismo debe
conservar aquel conjunto de principios generales que constituyen la base de su
pensamiento y el alimento pasional de su acción, pero debe saber afrontar el
complicado mecanismo de la sociedad actual sin anteojos doctrinales y sin
excesivos apegos a la integridad de su fe (...)
Ha llegado la hora de acabar con los farmacéuticos de las formulitas complicadas
que no ven más allá de sus tarros llenos de humo; ha llegado la hora de acabar
con los charlatanes que embriagan al público con bellas frases altisonantes; ha
llegado la hora de acabar con los simplones que tienen tres o cuatro ideas
clavadas en la cabeza y ejercen como vestales del fuego sagrado del Ideal
distribuyendo excomuniones (...)
El que tenga un grano de inteligencia y de buena voluntad que se esfuerce con su
propio pensamiento, que trate de leer en la realidad algo más que lo que lee en
los libros y periódicos. Estudiar los problemas de hoy quiere decir erradicar
las ideas no pensadas, quiere decir ampliar la esfera de la propia influencia
como propagandista, quiere decir hacerle dar un paso adelante, incluso un buen
salto de longitud, a nuestro movimiento.
Es preciso buscar las soluciones enfrentándose a los problemas. Es preciso que
adoptemos nuevos hábitos mentales. Al igual que el naturalismo superó la
escolástica medieval leyendo el gran libro de la naturaleza en vez de los textos
aristotélicos, el anarquismo superará al pedante socialismo científico, al
comunismo doctrinario cerrado en sus casillas apriorísticas y a todas las demás
ideologías cristalizadas.
Yo entiendo por anarquismo crítico un anarquismo que, sin ser escéptico, no se
contente con las verdades adquiridas, con las fórmulas simplistas; un anarquismo
idealista y al mismo tiempo realista; un anarquismo, en definitiva, que injerte
verdades nuevas en el tronco de sus verdades fundamentales, que sepa podar las
ramas viejas.
No un trabajo de fácil demolición, de nihilismo hipercrítico, sino de renovación
que enriquezca el patrimonio original y le añada fuerzas y bellezas nuevas. Este
trabajo hemos de hacerlo ahora, porque mañana deberemos reemprender la lucha,
que no encaja bien con el pensamiento, especialmente para nosotros que nunca
podemos retirarnos a los pabellones cuando recrudece la batalla.
Camillo Berneri
(Pagine Libertarie, Milán, 20 de noviembre de 1922)
[4]
Las palabras de Berneri nos hieren por su agudeza, pero ante todo, por su dolorosa actualidad. Aún prima, en la discusión, el ánimo de derrotar al adversario más que el de avanzar y aprender. Aun priman el espíritu de secta por sobre el espíritu de partido. Esto hace que, a la menor diferencia, los grupos se dividan. No es que seamos partidarios de la unidad a toda costa; la unidad solamente tiene sentido cuando hay prácticas e ideas fundamentales que son convergentes (no idénticas, ya que las diferencias son fundamentales para el desarrollo de una línea política). Pero somos enconados adversarios del sectarismo y de la división por nimiedades.
V.
El
artículo citado de Berneri no solamente es importantísimo por la crítica que del
movimiento hace, sino que además por poner en su correcto lugar la importancia
del desarrollo del pensamiento crítico en nuestro movimiento. Creo que aún
nuestro movimiento no sabe tomarle el pulso a la importancia del desarrollo de
la crítica y la discusión en su seno.
Hay una relación directa entre el nivel de discusión en un movimiento político y
su dinamismo. Y solamente un movimiento dinámico toma la iniciativa política y
sabe incidir en la realidad. Este factor, el dinamismo, deja bastante que desear
en los medios anarquistas. Estamos demasiado acostumbrados a tratar la
divergencia de opiniones de dos maneras aparentemente opuestas: o nos
insultamos, tratando a quienes piensan diferente de no ser verdaderos
anarquistas, o ignoramos las diferencias diciendo que al final en el anarquismo
todo vale (hasta la idea más disparatada). El resultado de estos dos mecanismos
para enfrentar el disenso es idéntico, empero, y es que a fin de cuentas no hay
discusión. O nos encerramos en capillas diferentes, o armamos un solo gran circo
donde todos coexisten pero donde nadie toca los temas candentes para no herir
“susceptibilidades”.
Aunque superficialmente parezcan extremos diametralmente opuestos, el “todo
vale” en el anarquismo y el sectarismo dogmático son idénticos en el hecho de
que ambos frustran la discusión y el avance de las ideas.
VI.
Creo que, sin saber
discutir entre nosotros, menos sabremos discutir entonces con otros sectores del
mundo popular y como resultado, cambiamos la lucha política (el intercambio y el
cuestionamiento de ideas y prácticas) por una incansable e insufrible prédica
entre los convencidos. Resulta bastante decidor que la gran mayoría de
publicaciones de “divulgación” anarquista parezcan dirigidas a otros anarquistas
más que a quienes debieran divulgarse nuestras ideas: a esa amplia masa de
personas que no piensan ni actúan anárquicamente[5].
De igual manera que entre nosotros las diferencia de opinión o de práctica es
sinónimo de anatema, hacia el resto del movimiento revolucionario o de la
izquierda, o incluso del pueblo, mostramos la misma cerrazón. “Reformistas”,
“Fascistas Rojos”, “Autoritarios” son términos abusados que significan poco o
nada a estas alturas, precisamente, por estar tan prostituidos. Términos que, en
lugar de ayudarnos a esclarecer las divergencias y tender puentes en la
discusión, nos aíslan, sin ayudarnos ni a persuadir ni a esclarecer los puntos
reales de discusión. Todos los problemas de métodos y concepciones con el resto
de la izquierda son reducidos a la simple fórmula “ustedes
quieren el poder y nosotros no”.
Siempre he pensado en el absurdo de este planteo: cualquiera que realmente esté
enceguecido por la obsesión de tener poder haría mejor en aliarse a los partidos
de gobierno o de la burguesía, en vez de militar en un partido comunista o de
inspiración socialista, lo que indudablemente le puede traer más problemas que
beneficios materiales en lo inmediato. Otra cosa es lo que sucede cuando estos
partidos llegan a tener algo de poder en sus manos, o cuando logran desarrollar
una burocracia con algunas parcelas dentro de algún movimiento influyente. Pero
insisto, esto es un problema de métodos más que de siniestras intenciones
originales.
Esto no excluye que en la izquierda, como en cualquier parte, no haya gente
deshonesta, gente oportunista, gente con espíritu pequeño e incapaces de
entender la realidad más allá de sus estrechas anteojeras partisanas, o peor
aún, gente que antepone los intereses de su secta a los del conjunto del pueblo.
Pero de aceptar esto a suponer que nosotros somos el único sector revolucionario
bien intencionado, puro o abnegado, hay una enorme diferencia.
VII.
Luigi Fabbri, en su fundamental documento “Influencias Burguesas en el Anarquismo” ya por 1918 se quejaba del problema del lenguaje utilizado entre anarquistas para discutir, pero también hacia otros sectores populares o de izquierda. Su queja es particularmente relevante para todo cuanto he tratado de exponer. Nos dice Fabbri:
“El fin de la propaganda y de la polémica es convencer y persuadir. Ahora bien: no se convence y no se persuade con violencias en el lenguaje, con insultos e invectivas, sino con la cortesía y la educación de los modales. [6]“
Y continúa:
“(...) Pero
la violencia del lenguaje en la polémica y en la propaganda, la violencia verbal
y escrita, que a veces se ha resuelto dolorosamente en hechos de violencia
material contra las personas, la violencia que, sobre todo, deploro, es la que
se emplea contra otros partidos progresistas, más o menos revolucionarios, que
esto poco importa, que están compuestos de oprimidos y explotados como nosotros,
de gentes que como nosotros están animadas por el deseo de cambiar hacia un
estado mejor la situación política y social presente. Aquellos partidos, que
aspiran al poder, cuando a él lleguen, indudablemente serán enemigos de los
anarquistas, pero como esto está aún lejos de ser, como que su intención puede
ser buena y muchos males de los que quieren eliminar también queremos nosotros
verlos suprimidos, y como que tenemos muchos enemigos comunes y en común
tendremos, sin duda, que librar más de una batalla, es inútil, cuando no
perjudicial, tratarlos violentamente, dado que por ahora lo que nos divide es
una diferencia de opinión, y tratar violentamente a alguno porque no piensa u
obra como nosotros es una prepotencia, es un acto antisocial.
La propaganda y la polémica que hacemos entre los elementos de los demás
partidos, tiende a persuadirles de la bondad de nuestras razones, a atraerlos a
nuestro ambiente. Lo que hemos dicho anteriormente en líneas generales, es
decir, que se persuade mal al que se trata mal, es más aplicable en línea
particular tratándose de elementos asimilables: de obreros, de jóvenes, de
inteligencias ya despiertas, de hombres que ya están en camino hacia la verdad.
El choque de la violencia, al contrario, lejos de empujarles, los detiene en
este camino, por reacción. Algunos de sus jefes pueden obrar de mala fe, pero
decidme: ¿estamos seguros de que entre nosotros no haya también personas que
obren del mismo modo? Debemos procurar atacarles cogiéndoles, como suele
decirse, en el garlito, cuando realmente se ve que obran de mala fe, y no
involucrar en el ataque a todo el partido. Ciertamente que muchas doctrinas
suyas son erróneas, pero para demostrar su error no son necesarios los insultos;
algunos de sus métodos son nocivos a la causa revolucionaria, pero obrando
nosotros de modo diferente y propagando con el ejemplo y la demostración
razonada, les enseñaremos que nuestros métodos son mejores.
Todas las consideraciones de este trabajo me han sido sugeridas por la
constatación de un fenómeno que he observado en nuestro campo. Nos hemos
acostumbrado tanto a ahuecar la voz siempre y en todo, que hemos ido perdiendo
gradualmente el valor de las palabras y de su relatividad. Los mismos adjetivos
despreciativos nos sirven de igual modo para atacar de frente al cura, al
monárquico, al republicano, al socialista y hasta al anarquista que no piense
como nosotros. Y eso es un defecto primordial. Si alguna diferencia se
establece, más bien es en beneficio de nuestros peores enemigos. Se puede decir
que los anarquistas y los socialistas no hemos dicho nunca tantas insolencias a
los curas y a los monárquicos como a los republicanos, y que los anarquistas
nunca dijeron tantas a los burgueses como llevan dichas a los socialistas. Más
diré todavía: especialmente en los últimos tiempos, ha habido anarquistas que
han tratado a otros anarquistas, que no pensaban exactamente como ellos, como
jamás trataron a los clericales, explotadores y policías juntos.
(...) creo que sería mejor que procurásemos conocernos, y, sobre todo, trabajar
sin perder nunca de vista que en frente tenemos al enemigo, al verdadero enemigo
que acecha el momento de nuestra debilidad para asestarnos sus golpes. Porque
nunca como en medio de los partidos en que la acción es la única razón de vida,
se puede decir con mayor motivo que el ocio es el peor de todos los vicios y el
primero de éstos es el de la discordia.”
[7]
No se puede ser más lapidario y certero que en este juicio. Y nuevamente se nos demuestra que en 90 años hemos aprendido extraordinariamente poco y que aún nos falta mucho por avanzar en la construcción de un espacio sano de debate, donde podamos aprender y avanzar.
VIII.
Para nosotros, la crítica
y el debate deben ser herramientas para la construcción, ante todo. No nos
interesa el debate para demostrar “quién tiene la razón”, ni el debate por fines
puramente deportivos, sino que para tratar de buscar el camino más acertado para
enfrentar los problemas que enfrenta nuestro movimiento y dentro de un espíritu
verdaderamente constructivo. Ciertamente, tal forma de discusión debe tener por
punto de partida la práctica, pues creemos que la discusión debe estar
firmemente anclada en la realidad para así evitar las distorsiones propias del
desconocimiento práctico o del idealismo consiguiente. Además, solamente la
discusión que se fundamenta en experiencias equivalentes puede generar un
lenguaje común y productivo. Pues si se critica a una organización por su manera
de hacer las cosas, ciertamente, debemos ser capaces de mostrar que hay otra
manera de hacerlas o que al menos podemos sugerir alternativas. Aunque es
necesario tener presente en todo momento que rara vez una posición es
enteramente acertada y que, a fin de cuentas, es la misma práctica, el
desarrollo de la realidad, la cual se dedica a dirimir las posiciones más
acertadas de las menos acertadas.
Entonces, otro punto importante, es que si la crítica revolucionaria no va
acompañada de una práctica, entonces se vuelve irrelevante. Pues, ¿qué sentido
tiene una crítica que se presume de revolucionaria si ésta no está dispuesta a
convertirse en verbo, en la acción imprescindible para que haya un efectivo
movimiento revolucionario y no puro diletantismo intelectual? El revolucionario,
a diferencia del politicastro, no habla desde la platea, desde la condición de
espectador: el revolucionario debe hablar siempre desde la acción y desde el
esfuerzo, por humilde que éste pueda parecer, de convertirse en alternativa al
presente. Yo tiendo a ser mas bien escéptico de los hipercríticos y de los
ultra-revolucionarios que nunca se les ve en ninguna experiencia concreta y que
nunca se han ensuciado las manos. Esto es una visión constructiva de la crítica:
una que se forje al calor de la construcción concreta y no del mero ánimo de
destruir el esfuerzo ajeno.
La discusión debe, además,
ser puesta al servicio de la práctica pues el dinamismo que genera debe servir
para enriquecer nuestras experiencias. Y viceversa, la práctica luego entrega
elementos nuevos para poder avanzar en la teoría, y como decía Berneri, hacia un
anarquismo que sepa podar las ramas viejas, que sepa insertar verdades nuevas a
sus verdades fundamentales y que sepa renovarse, pues es el inmovilismo
intelectual el principal factor de nuestra incapacidad para comprender a
cabalidad los fenómenos de un mundo que está en permanente transformación.
Pero la crítica no solamente tiene un rol para ayudarnos a comprender mejor
nuestra realidad y a desarrollar conceptos, preceptos y propuestas más acertadas
a las necesidades de nuestra época. La discusión es también importante para
avanzar y deshacerse de ideas erróneas, mal formuladas o insuficientes. Como me
decía alguna vez un compañero: “con
nuestra discusión no lograste convencerme, pero al menos, me sirvió para
descubrir mis propias debilidades y reforzar entonces mis ideas”.
Tal cosa no es caer en un diálogo de sordos, en la medida en que respondemos y
escuchamos los argumentos del otro. Mas bien, es una ayuda crucial para avanzar,
pues da solidez a las ideas y aparecen entonces mejor argumentadas, más
convincentes y más acabadas. A la vez que nos deshacemos de las ideas erróneas o
disparatadas.
Por ultimo, la crítica y el debate son importantísimos para tender puentes con
otras corrientes. Mediante el desarrollo de ésta podemos acercar a quienes se
han visto atraídos a otras corrientes, podemos ganar a otras organizaciones a
nuestras posiciones o podemos aprender de ellas y darnos cuenta que, en algún
aspecto determinado de nuestra política, hemos estado errados. Solamente donde
se ha establecido este puente de sana discusión, puede darse una práctica libre
de sectarismo que, respetando las diferencias, sea capaz de aunar esfuerzos
donde haya unidad de criterios.
IX.
Estas
palabras no están escritas con el ánimo de denunciar o señalar a tal o cual
compañero de sectario. Ni creo que haya corriente libre de vicios que se han
convertido en costumbre en nuestros círculos. Muchas veces es tan culpable quien
provoca como quien se deja provocar y sigue la corriente. Todos sabemos que hay
“masones en un sentido intelectual” en el movimiento; todos sabemos que hay
devotos del “Santo Oficio”; ellos nos tienen sin el menor cuidado. No les
paramos bola, como se dice, pues sabemos que nada de lo que es fundamental para
lograr una sociedad libre se zanja por ese lado. Pero lo que sí preocupa, es que
ellos logren arrastrar a otros compañeros u organizaciones que sí son valiosos a
ese pantano. Y peor aún, que la cultura de debate tenga su referente común
trazado por este espíritu nimio. Y aún peor: que los compañeros que, desde
distintas vertientes o perspectivas, estén presentes en la lucha y la
construcción no hayan aprendido aún a generar estas dinámicas de intercambio
saludable. Esto es lo que verdaderamente preocupa.
La izquierda tradicional ha sido sectaria, ha sido dogmática y ha frecuentemente
ignorado la realidad a su alrededor. No creo que los anarquistas, en general,
hayan sido mucho mejores. Es hora de dar el ejemplo. A lo que debemos apuntar es
a construir espacios de discusión y cambiar hábitos malsanos en nuestro
movimiento, que no aportan al debate y que más bien entorpecen el desarrollo del
necesario espíritu crítico que tanto necesita el movimiento revolucionario para
hacer frente a las difíciles tareas de regeneración social que tenemos por
delante.
12 de noviembre de 2007
José Antonio Gutiérrez D.
NOTAS
[1] En “‘Anarchisme & Syndicalisme’ Le Congrès Anarchiste International d’Amsterdam (1907)” Ed. Nautilus-Monde Libertaire, 1997, p.161.
[2] Esta debilidad por la denuncia ha llegado, lamentablemente, a extremos
mórbidos en los medios argentinos y españoles.
[3] Luigi Fabbri, el famoso anarquista italiano, dice que la primera vez que vio
periódicos anarquistas dice que éstos no le persuadían y que de ser por la
propaganda escrita de los anarquistas, él jamás se hubiera acercado al
movimiento. Lamentablemente, mucha de nuestra prensa hoy, en su virulencia
contra el resto del anarquismo y de la izquierda cumplen más un rol de
contra-propaganda que de propaganda propiamente dicha.
[4] En “Camillo Berneri: Humanismo y Anarquismo” Ed. por Ernest Cañada, ed. Los
libros de la Catarata, 1998, pp.43-46.
[5] Obviamente, hay artículos (como este mismo que escribo) o publicaciones que
están dirigidas principalmente al público libertario, siendo éste su verdadero
auditorio. Ciertamente no me refiero en este artículo a esta clase de
publicaciones, sino a aquellas que explícitamente se dicen de “propaganda”, de
“difusión”, de “divulgación”, etc...
[6] Luigi Fabbri, “Influencias Burguesas en el Anarquismo”, ed. Solidaridad
Obrera (París), 1959, p.53.
[7] Ibid. pp.56-59.
(( Reproducimos el texto aparecido en la página web de "Anarkismo.net" con fecha 20 noviembre 2007: http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=6854 ))
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"La importancia de la crítica en el desarrollo del movimiento revolucionario"
por: José Antonio Gutiérrez D.