ef24-(23/1/10)- Multitudes queer
publicado en SdT por Raúl Dar, el 23 enero 2010.
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Multitudes queer: notas de una política para “los anormales”
Beatriz Preciado
Revista Multitudes. Nº 12. París, http://multitudes.samizdat.net/rubrique.php3?id_rubrique=141
Este artículo trata de la
formación de los movimientos y de las teorías queer, de la relación que
mantienen con los feminismos y del uso político que hacen de Foucault y de
Deleuze. Analiza también las ventajas teóricas y políticas que aporta la
noción de “multitudes” a la teoría y al movimiento queer, en lugar de la
noción de “diferencia sexual”. A diferencia de lo que ocurre en EEUU, los
movimientos queer en Europa se inspiran en las culturas anarquistas y en las
emergentes culturas transgénero para oponerse al “Imperio Sexual”,
especialmente por medio de una des-ontologización de las políticas y de las
identidades. Ya no hay una base natural (“mujer”, “gay”, etc.) que pueda
legitimar la acción política. Lo que importa no es la “diferencia sexual” o
la “diferencia de l@s homosexuales”, sino las multitudes queer. Una multitud
de cuerpos: cuerpos transgéneros, hombres sin pene, bolleras lobo, ciborgs,
femmes butchs, maricas lesbianas... La “multitud sexual” aparece como el
sujeto posible de la política queer.
A la memoria de Monique Wittig
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2590
« Entramos en una época en que las minorías del mundo comienzan a
organizarse contra los poderes que les dominan y contra todas las ortodoxias
»
Félix Guattari,
Recherches
(Trois Milliards de Pervers), 1973.
La sexopolítica es una de las
formas dominantes de la acción biopolítica en el capitalismo contemporáneo.
Con ella el sexo (los órganos llamados « sexuales », las prácticas sexuales
y también los códigos de la masculinidad y de la feminidad, las identidades
sexuales normales y desviadas) forma parte de los cálculos del poder,
haciendo de los discursos sobre el sexo y de las tecnologías de
normalización de las identidades sexuales un agente de control sobre la
vida.
Al distinguir entre « sociedades soberanas » y « sociedades disciplinarias »
Foucault ya había señalado el paso, que ocurre en la época moderna, de una
forma de poder que decide sobre la muerte y la ritualiza, a una nueva forma
de poder que calcula técnicamente la vida en términos de población, de salud
o de interés nacional. Por otra parte, precisamente en ese momento aparece
la nueva separación homosexual/heterosexual. Trabajando en la línea iniciada
por Audre Lorde [1],
Ti-Grace Atkinson [2]
y el manifiesto « The-Woman-Identified-Woman » [3]
de « Radicalesbians », Wittig llegó a describir la heterosexualidad no como
una práctica sexual sino como un régimen político [4], que forma parte de la
administración de los cuerpos y de la gestión calculada de la vida, es
decir, como parte de la “biopolítica” [5]. Una lectura cruzada de Wittig y
de Foucault permitió a comienzos de los años 80 que se diera una definición
de la heterosexualidad como tecnología bio-política destinada a producir
cuerpos heteros (straight).
El imperio sexual
La noción de sexopolítica tiene en Foucault su punto de partida,
cuestionando su concepción de la política según la cual el biopoder sólo
produce disciplinas de normalización y determina formas de subjetivación. A
partir de los análisis de Mauricio Lazzaratto [6] que distingue el biopoder
de la potencia de la vida, podemos comprender los cuerpos y las identidades
de los anormales como potencias políticas y no simplemente como efectos de
los discursos sobre el sexo. Esto significa que hay que añadir diversos
capítulos a la historia de la sexualidad inaugurada por Foucault. La
evolución de la sexualidad moderna está directamente relacionada con la
emergencia de lo que podría denominarse el nuevo “Imperio Sexual” (para
resexualizar el Imperio de Hardt y Negri). El sexo (los órganos sexuales, la
capacidad de reproducción, los roles sexuales en las disciplinas
modernas...) es el correlato del capital. La sexopolítica no puede reducirse
a la regulación de las condiciones de reproducción de la vida, ni a los
procesos biológicos que “conciernen a la población”. El cuerpo hetero
(straight) es el producto de una división del trabajo de la carne según la
cual cada órgano es definido por su función. Toda sexualidad implica siempre
una territorialización precisa de la boca, de la vagina, del ano. De este
modo el pensamiento heterocentrado asegura el vínculo estructural entre la
producción de la identidad de género y la producción de ciertos órganos como
órganos sexuales y reproductores. Capitalismo sexual y sexo del capitalismo.
El sexo del ser vivo se convierte en un objeto central de la política y de
la gobernabilidad. En realidad, el análisis foucaultiano de la sexualidad
depende en exceso de cierta idea de la disciplina del siglo XIX. A pesar de
conocer los movimientos feministas americanos, la subcultura SM o el Fhar en
Francia, nada de esto le llevó realmente a analizar la proliferación de las
tecnologías del cuerpo sexual en el siglo XX: medicalización y tratamiento
de los niños intersexuales, gestión quirúrgica de la transexualidad,
reconstrucción y “aumento” de la masculinidad y de la feminidad normativas,
regulación del trabajo sexual por el Estado, boom de las industrias
pornográficas... Su rechazo de la identidad y de la militancia gay le
llevará a inventarse una retroficción a la sombra de la Grecia Antigua.
Ahora bien, en los años 50, asistimos a una ruptura en el régimen
disciplinario del sexo. Anteriormente, y como continuación del siglo XIX,
las disciplinas biopolíticas funcionaban como una máquina para naturalizar
el sexo. Pero esta máquina no era legitimada por “la conciencia”. Lo será
por médicos como John Money cuando comienza a utilizar la noción de “género”
para abordar la posibilidad de modificar quirúrgica y hormonalmente la
morfología sexual de los niños intersexuales y las personas transexuales.
Money es el Hegel de la historia del sexo. Esta noción de género constituye
un primer momento de reflexividad (y una mutación irreversible respecto al
siglo XIX). Con las nuevas tecnologías médicas y jurídicas de Money, los
niños “intersexuales”, operados al nacer o tratados durante la pubertad, se
convierten en minorías construidas como “anormales” en beneficio de la
regulación normativa del cuerpo de la masa straight (heterocentrada). Esta
multiplicidad de los anormales es la potencia que el Imperio Sexual intenta
regular, controlar, normalizar. El “post-moneismo” es al sexo lo que el
post-fordismo al capital. El Imperio de los normales desde los años 50
depende de la producción y de la circulación a gran velocidad de los flujos
de silicona, flujos de hormonas, flujo textual, flujo de las
representaciones, flujo de las técnicas quirúrgicas, en definitiva flujo de
los géneros. Por supuesto, no todo circula de manera constante, y además no
todos los cuerpos obtienen los mismos beneficios de esta circulación: la
normalización contemporánea del cuerpo se basa en esta circulación
diferenciada de los flujos de sexualización . Esto nos recuerda
oportunamente que el concepto de “género” fue ante todo una noción
sexopolítica antes de convertirse en una herramienta teórica del feminismo
americano. No es casualidad que en los años 80, en el debate que oponía a
las feministas “constructivistas” y las feministas “esencialistas”, la
noción de “género” va a convertirse en la herramienta teórica fundamental
para conceptualizar la construcción social, la fabricación histórica y
cultural de la diferencia sexual, frente a la reivindicación de la
“feminidad” como sustrato natural, como forma de verdad ontológica.
Políticas de las multitudes queer
El género ha pasado de ser una noción al servicio de una política de
reproducción de la vida sexual a ser el signo de una multitud. El género no
es el efecto de un sistema cerrado de poder, ni una idea que actúa sobre la
materia pasiva, sino el nombre del conjunto de dispositivos sexopolíticos
(desde la medicina a la representación pornográfica, pasando por las
instituciones familiares) que van a ser objeto de reapropiación por las
minorías sexuales. En Francia, la mani del 1 de mayo de 1970, el número 12
de Tout y el de Recherches (Trois milliards de Pervers), el Movimiento de
antes del MLF, el FHAR y las terroristas de las Gouines Rouges (Bolleras
Rojas) constituyen una primera ofensiva de los “anormales”. El cuerpo no es
un dato pasivo sobre el cual actúa el biopoder, sino más bien la potencia
misma que hace posible la incorporación protésica de los géneros. La
sexopolítica no es sólo un lugar de poder, sino sobre todo el espacio de una
creación donde se suceden y se yuxtaponen los movimientos feministas,
homosexuales, transexuales, intersexuales, transgéneros, chicanas,
post-coloniales... Las minorías sexuales se convierten en multitudes. El
monstruo sexual que tiene por nombre multitud se vuelve queer.
El cuerpo de la multitud queer aparece en el centro de lo que podríamos
llamar, para retomar una expresión de Deleuze/Guattari, un trabajo de
“desterritorialización” de la heterosexualidad. Una desterritorialización
que afecta tanto al espacio urbano (por tanto, habría que hablar de
desterritorialización del espacio mayoritario, y no de gueto) como al
espacio corporal. Este proceso de “desterritorialización” del cuerpo supone
una resistencia a los procesos de llegar a ser “normal”. El hecho de que
haya tecnologías precisas de producción de cuerpos “normales” o de
normalización de los géneros no conlleva un determinismo ni una
imposibilidad de acción política. Al contrario. Dado que la multitud queer
lleva en sí misma, como fracaso o residuo, la historia de las tecnologías de
normalización de los cuerpos, tiene también la posibilidad de intervenir en
los dispositivos biotecnológicos de producción de subjetividad sexual. Esto
es concebible a condición de evitar dos trampas conceptuales y políticas,
dos lecturas (equivocadas pero posibles) de Foucault. Hay que evitar la
segregación del espacio político que convertiría a las multitudes queer en
una especie de margen o de reserva de trasgresión. No hay que caer en la
trampa de la lectura liberal o neoconservadora de Foucault que llevaría a
concebir las multitudes queer como algo opuesto a las estrategias
identitarias, tomando la multitud como una acumulación de individuos
soberanos e iguales ante la ley, sexualmente irreductibles, propietarios de
sus cuerpos y que reivindicarían su derecho inalienable al placer. La
primera lectura tiende a una apropiación de la potencia política de los
anormales en una óptica de progreso, la segunda silencia los privilegios de
la mayoría y de la normalidad (hetero)sexual, que no reconoce que es una
identidad dominante. Teniendo esto en cuenta, los cuerpos ya no son dóciles.
“Des-identificación” (para retomar la formulación de De Lauretis),
identificaciones estratégicas, reconversión de las tecnologías del cuerpo y
desontologización del sujeto de la política sexual, estas son algunas de las
estrategias políticas de las multitudes queer.
- Des-identificación. Surge de las bolleras que no son mujeres, de los
maricas que no son hombres, de los trans que no son ni hombres ni mujeres.
En este sentido, si Wittig ha sido recuperada por las multitudes queer es
precisamente porque su declaración “las lesbianas no son mujeres” es un
recurso que permite combatir por medio de la des-identificación la exclusión
de la identidad lesbiana como condición de posibilidad de la formación del
sujeto político del feminismo moderno.
- Identificaciones estratégicas: Identificaciones negativas como “bolleras”
o “maricones” se han convertido en lugares de producción de identidades que
resisten a la normalización, que desconfían del poder totalitario, de las
llamadas a la “universalización”. Influidas por la crítica post-colonial,
las teorías queer de los años 90 han utilizado los enormes recursos
políticos de la identificación “gueto”, identificaciones que iban a tomar un
nuevo valor político, dado que por primera vez los sujetos de la enunciación
eran las propias bolleras, los maricas, los negros y las personas
transgénero. A aquellos que agitan la amenaza de la guetización, los
movimientos y las teorías queer responden con estrategias a la vez
hiper-identitarias y post-identitarias. Hacen un uso radical de los recursos
políticos de la producción performativa de las identidades desviadas. La
fuerza de movimientos como Act Up, Lesbian Avengers o las Radical Fairies
deriva de su capacidad para utilizar sus posiciones de sujetos “abyectos”
(esos “malos sujetos” que son los seropositivos, las bolleras, los maricas)
para hacer de ello lugares de resistencia al punto de vista “universal”, a
la historia blanca, colonial y hetero de lo “humano”.
Afortunadamente, estas multitudes no comparten la desconfianza –insistimos
en ello- de Foucault, Wittig y Deleuze hacia la identidad como lugar de
acción política, a pesar de sus diferentes formas de analizar el poder y la
opresión. A inicios de los años 70 el Foucault francés se distancia del Fhar
a causa de lo que él llama “tendencia a la guetización”, mientras que al
Foucault americano parecían gustarle mucho las “nuevas formas de cuerpos y
de placeres” que las políticas de la identidad gay, lesbiana y SM habían
producido en el barrio de Castro, el “gueto” de San Francisco. Por su parte,
Deleuze criticaba lo que denominaba una identidad “homosexual molar”, porque
pensaba que promovía el gueto gay, para idealizar la “homosexualidad
molecular” que le permitiría hacer de las “buenas” figuras homosexuales,
desde Proust al “travestí afeminado”, ejemplos paradigmáticos del proceso de
“llegar a ser mujer” que estaba en el centro de su agenda política. Incluso
le permitiría disertar sobre la homosexualidad en vez de cuestionarse sus
propios presupuestos heterosexuales [7]. En cuanto a Wittig, podemos
preguntarnos si su adhesión a la posición del “escritor universal” impidió
que le borraran de la lista de los “clásicos” de la literatura francesa tras
la publicación del Cuerpo Lesbiano en 1973. Está claro que no, cuando vimos
cómo el periódico Le Monde se apresuraba a cambiar el título original de su
nota necrológica, por un “Monique Wittig, la apología del lesbianismo”
encabezado por la palabra “Desapariciones”. [8]
- Reconversión de las tecnologías del cuerpo: Los cuerpos de las multitudes
queer son también reapropiaciones y reconversiones de los discursos de la
medicina anatómica y de la pornografía, entre otros, que han construido el
cuerpo hetero y el cuerpo desviado modernos. La multitud queer no tiene que
ver con un “tercer sexo” o un “más allá de los géneros”. Se dedica a la
apropiación de las disciplinas de los saberes/poderes sobre los sexos, a la
rearticulación y la reconversión de las tecnologías sexopolíticas concretas
de producción de los cuerpos “normales” y “desviados”. A diferencia de las
políticas “feministas” u “homosexuales”, la política de la multitud queer no
se basa en una identidad natural (hombre/mujer), ni en una definición basada
en las prácticas (heterosexuales/homosexuales) sino en una multiplicidad de
cuerpos que se alzan contra los regímenes que les construyen como “normales”
o “anormales”: son las drag-kings, las bolleras lobo, las mujeres barbudas,
los trans-maricas sin polla, los discapacitados-ciborg... Lo que está en
juego es cómo resistir o cómo reconvertir las formas de subjetivación
sexopolíticas. Esta reapropiación de los discursos de producción de
poder/saber sobre el sexo es una conmoción epistemológica. En su
introducción programática al famoso número de Recherches sin duda inspirado
por el FHAR, Guattari describe esta mutación en las formas de resistencia y
de acción política: “el objeto de este número –las homosexualidades hoy en
Francia- no podía ser abordado sin poner en cuestión los métodos ordinarios
de investigación en ciencias humanas que, bajo el pretexto de la
objetividad, intentan establecer una distancia máxima entre el investigador
y su objeto (...). El análisis institucional, por el contrario, implica un
descentramiento radical de la enunciación científica. Pero para ello no
basta con “dar la palabra” a los sujetos implicados –lo cual es a veces una
iniciativa formal, casi jesuítica- sino que además hay que crear las
condiciones de un ejercicio total, paroxístico, de esta enunciación (...).
Mayo del 68 nos ha enseñado a leer en los muros y después hemos empezado a
descifrar los grafitis en las prisiones, los asilos y hoy en los váteres.
Queda por rehacer todo un “nuevo espíritu científico” [9]. La historia de
estos movimientos político-sexuales post-moneistas es la historia de esta
creación de las condiciones de un ejercicio total de la enunciación, la
historia de un vuelco de la fuerza performativa de los discursos, y de una
reapropiación de las tecnologías sexopolíticas de producción de los cueros
de los “anormales”. La toma de la palabra por las minorías queer es un
acontecimiento no tanto post-moderno como post-humano: una transformación en
la producción y en la circulación de los discursos en las instituciones
modernas (de la escuela a la familia, pasando por el cine o el arte) y una
mutación de los cuerpos.
- Desontologización del sujeto de la política sexual. En los años 90 una
nueva generación surgida de los propios movimientos identitarios comenzó a
redefinir la lucha y los límites del sujeto político “feminista” y
“homosexual”. En el plano teórico, esta ruptura tomó inicialmente la forma
de un retorno crítico sobre el feminismo, realizado por las lesbianas y las
post-feministas americanas, apoyándose en Foucault, Derrida y Deleuze.
Reivindicando un movimiento post-feminista o queer, Teresa de Lauretis [10],
Donna Haraway [11],
Judith Butler [12],
Judith Halberstam [13]
en EEUU, Marie-Hélène Bourcier [14]
en Francia, y lesbianas chicanas como Gloria Anzaldúa [15]
o feministas negras como Barbara Smith [16]
y Audre Lorde van a criticar la naturalización de la noción de feminidad que
inicialmente había sido la fuente de cohesión del sujeto del feminismo. Se
había iniciado la crítica radical del sujeto unitario del feminismo,
colonial, blanco, emanado de la clase media-alta y desexualizado. Las
multitudes queer no son post-feministas porque quieran o deseen actuar sin
el feminismo. Al contrario. Son el resultado de una confrontación reflexiva
del feminismo con las diferencias que éste borraba para favorecer un sujeto
político “mujer” hegemónico y heterocentrado.
En cuanto a los movimientos de liberación de gays y lesbianas, dado que su
objetivo es la obtención de la igualdad de derechos y que para ello se basan
en concepciones fijas de la identidad sexual, contribuyen a la normalización
y a la integración de los gays y las lesbianas en la cultura heterosexual
dominante, lo que favorece las políticas pro-familia, tales como la
reivindicación del derecho al matrimonio, a la adopción y a la transmisión
del patrimonio. Algunas minorías gays, lesbianas, transexuales y
transgéneros han reaccionado y reaccionan hoy contra ese esencialismo y esa
normalización de la identidad homosexual. Surgen voces que cuestionan la
validez de la noción de identidad sexual como único fundamento de la acción
política; contra ello proponen una proliferación de diferencias (de raza, de
clase, de edad, de prácticas sexuales no normativas, de discapacidad). La
noción medicalizada de homosexualidad que data del siglo XIX y que define la
identidad por las prácticas sexuales es abandonada en favor de una
definición política y estratégica de las identidades queer. La
homosexualidad tan bien controlada y producida por la scientia sexualis del
siglo XIX ha explotado; se ha visto desbordada por una multitud de “malos
sujetos” queer.
La política de las multitudes queer emerge de una posición crítica respecto
a los efectos normalizadores y disciplinarios de toda formación identitaria,
de una desontologización del sujeto de la política de las identidades: no
hay una base natural (“mujer”, “gay”, etc.) que pueda legitimar la acción
política. No tiene por objetivo la liberación de las mujeres de “la
dominación masculina”, como quería el feminismo clásico, porque no se basa
en la “diferencia sexual”, sinónimo de una división fundamental de la
opresión (transcultural, transhistórica) basada en una diferencia de
naturaleza que debería estructurar la acción política. La noción de multitud
queer se opone a la de “diferencia sexual”, tal y como fue explotada tanto
en los feminismos esencialistas (de Irigaray a Cixous, pasando por Kristeva)
como por las variantes estructuralistas y/o lacanianas del discurso del
psicoanálisis (Roudinesco, Héritier, Théry...). Se opone a las políticas
paritarias derivadas de una noción biológica de la “mujer” o de la
“diferencia sexual”. Se opone a las políticas republicanas universalistas
que permiten el “reconocimiento” e imponen la “integración” de las
“diferencias”en el seno de la República. No hay diferencia sexual, sino una
multitud de diferencias, una transversalidad de las relaciones de poder, una
diversidad de las potencias de vida. Estas diferencias no son
“representables” dado que son “monstruosas” y ponen en cuestión por eso
mismo no sólo los regímenes de representación política sino también los
sistemas de producción de saber científico de los “normales”. En este
sentido, las políticas de las multitudes queer se oponen tanto a las
instituciones políticas tradicionales que se presentan como soberanas y
universalmente representativas, como a las epistemologías sexopolíticas
heterocentradas que dominan todavía la producción de la ciencia.
Notas
[1]
Audre Lorde, Sister Outsider, California, Crossing Press, 1984.
[2]
Ti-Grace Atkinson, « Radical Feminism »,en Notes from the Second Year, New
York, Radical Feminism, 1970, pp. 32-37 ; Ti-Grace Atkinson, Amazon Odyssey,
New York, Links, 1974.
[3]
Radicalesbians, « The Woman-Identified Woman », en Anne Koedt, dir. Notes
from the Third Year, New York, 1971.
[4]
Monique Wittig, The straight mind and other essays, Boston, Beacon Press,
1992.
[5]
Michel Foucault, Historia de la sexualidad, Volumen I, Siglo XXI, Madrid,
1979.
[6]
Maurizio Lazzarato, Puissances de l'invention. La psychologie économique de
Gabriel Tarde contre l'économie politique, Paris, Les Empêcheurs de penser
en rond, 2002.
[7]
Para un análisis detallado de este uso de los tropos homosexuales, ver el
capítulo « Deleuze o el amor que no osa decir su nombre », en Beatriz
Preciado, Manifiesto contra sexual, Opera Prima, Madrid, 2002.
[8]
Le Monde, sábado 11 de enero de 2003.
[9]
Félix Guattari, Recherches, « Trois millards de pervers », marzo 1973,
pp.2-3.
[10]
Teresa De Lauretis, Technologies of Gender, Essays on Theory, Film, and
Fiction, Bloomington, Indiana University Press, 1987.
[11]
Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, Cátedra, Madrid. 1995.
[12]
Judith Butler, El género en disputa, Paidós, México, 2001.
[13]
Judith Halberstam, Female Masculinity, Durham, Duke University Press, 1998.
[14]
Marie-Hélène Bourcier, Queer Zones, politiques des identités sexuelles, des
représentations et des savoirs, Paris, Balland, 2001.
[15]
Gloria Anzaldúa, Borderlands/La Frontera : The New Mestiza, San Francisco,
Spinster/Aunt Lutte, 1987.
[16]
Gloria Hull, Bell Scott and Barbara Smith, All the Women Are White, All the
Black Are Men, But Some of Us Are Brave : Black Women's Studies, New York,
Feminist Press, 1982.
Recopilación:
Lic.Jorge Horacio Raíces Montero
Psicólogo Clínico
infopsicologia@ciudad.com.ar
http://ar.groups.yahoo.com/group/Raices_Montero
www.varonesporlaequidad.blogspot.com