Actualización de esta página: 08/08/2011 Buenos Aires, Argentina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ese oscuro objeto de goce

 

por Claudia Huergo

 

 

 

    La cámara  —un párpado que se abre y se cierra— recorta imágenes del horror. La mirada inadvertida recae en el ojo que ve —ya sin mirar— ¿qué ve un ojo que ya no mira? El pasaje ominoso de lo animado a lo inanimado, en un continuo. La muerte no es el horror, más bien sería el descanso a la pesadilla de lo que no se define entre la vida y la muerte. Se trata del peor de los horrores, de ese que se cuela por los costados inadvertidos de lo cotidiano. Elizabeth —la Sra. Vogler— ha visto algo. Algo frente a lo cual sólo puede enmudecer. Los médicos dictaminan que no se trata de una enfermedad, sino de una decisión. Aspecto este fundante para el posterior encuentro de Elizabeth con Alma, su asistente —enfermera— otro auxiliador —por momentos alter ego.

    Alma advierte en el primer encuentro que allí se desencadenará algo para lo cual duda de sus fuerzas. Advertencia o anuncio de algo inevitable, algo de lo cual no podrá sustraerse de allí en más, algo a lo que Alma sólo podrá responder con su propia locura.

    El silencio de Elizabeth interpela, invita a Alma a desnudar sus fantasmas, Alma supone a Elizabeth un saber y habla para y por ella. La lógica del amor coagula en esta dupla. Alma, en el lugar de erastés, desenrolla el papel de su vida opaca frente al silencio —complaciente— de su eromenós, busca o alucina gestos que develen el ágalma que supone a Elizabeth.

    Hasta aquí, un argumento.

 

 

Sobre la pista del goce

   

    Hay una linealidad del argumento que trabaja la “significación” del acto de Elizabeth poniendo el acento en la mascarada femenina, oponiendo el ser al parecer, proponiendo al acto como coartada defensiva, incluso como escena o “papel” que la actriz podría interpretar para sustraerse de un mundo y una vida que la requiere asumiendo “papeles” para los cuales no estaría “a la altura” (la maternidad, el compromiso afectivo, el interés por los otros, etc.). Elegimos en cambio otra línea de análisis, sin duda ligada también a la femineidad, la de un “goce en exceso” ¿que llama como contrapartida a la necesidad de una mutilación?

    La escena previa al mutismo de Elizabeth se recorta en dos momentos: Algo interrumpe su actuación, mientras interpreta el papel de Electra. El plano se detiene en su mirada, es una mirada donde la perplejidad y la fascinación se entremezclan: ¿qué vio Elizabeth? Algo destinado a ser sustraído del campo de la mirada, algo que la mirada no podría sostener. Segundo momento donde la voz sigue a la mirada: presa de esta fascinación, Elizabeth ¿ríe? y ya no volverá a emitir sonido, salvo risas “inmotivadas”.

 

 

El instante de la mirada

 

    Venimos de una escena en la que no estuvimos. El hombre es aquel a quien le falta una imagen... el hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve.” [1]

 

    El instante de la mirada. Fascinación, horror, perplejidad. La mirada no podría sostener, sin el riesgo de la petrificación-aniquilación, aquello destinado a ser sustraído de su campo. Un acto-mutilación seguiría a este saber.

El mito trabaja estos elementos en las figuras de Tiresías y Edipo. Tiresías es metamorfoseado en mujer durante siete años. Vuelve de su transformación con un saber: sabe sobre el goce del hombre y el goce de la mujer. Hera y Zeus, hermanos-esposos, interpelan a Tiresías: ¿quién goza más? Tiresías responde: la mujer goza diez veces más que el hombre. Esto, lejos de proclamar la superioridad de la mujer, enfurece a Hera, en tanto devela algo destinado a permanecer silenciado, pero más aún en tanto pone en el plano de la comparación una diferencia irreductible. Castiga a Tiresías con la ceguera.

    El mito de Edipo, más conocido, supone también el castigo-mutilación de la ceguera por acceder a un goce interdicto. (La ceguera aparece como elemento en la película pero desplazado al marido de Elizabeth. Se repite también en las figuras de ojos “muertos”.)

    ¿Qué nos autorizaría a plantear que el mutismo de Elizabeth tiene como corolario un goce en exceso? El estado que trasunta Elizabeth dista de ser puro sufrimiento. Su estado evoca la fascinación que ejercen los animales, en la medida que evocan un universo de plenitud, sin fallas, de una continuidad sin rupturas. Fascinación de la cual no escapan su médica psiquiatra y, por supuesto, Alma. Si pensamos al goce como la suposición de que un deseo podría ser colmado, tiene sentido que le escriba a su doctora diciendo: “siempre he querido vivir así”.

 

 

La voz que se sustrae

 

    Segundo momento donde la voz sigue a la mirada: presa de esta fascinación, Elizabeth ¿ríe? y ya no volverá a emitir sonido, salvo risas “inmotivadas”. Nadie entiende de qué ríe. Esa risa está fuera de código ¿Por qué la risa entonces? ¿Podría ser risa, grito, llanto, quejido? Proponemos esta homologación pensando en que esta risa, como el grito que precede al orgasmo, no tiene una significación particular, sino que se abre a todas las significaciones posibles: ¿un grito es sufrimiento o placer? El grito que acompaña al goce del orgasmo marca un momento de aniquilamiento, de vacío de significación, de ausencia; tan es así que los franceses lo llaman “pequeña muerte”. Alma le reclama, cansada de proponer “sentidos” al mutismo de Elizabeth: “tú siempre has tenido tu risa”. No quedan dudas: presa de su mutismo/mutilación nadie duda que hay un goce allí. No es insanía, hay allí un acto-decisión que la saca del mundo y la deja “en otro mundo”.

 

 

La confirmación del goce

 

    Si hasta el momento Alma se debatía entre la duda y la certeza de que Elizabeth goza, la escena de la carta le devuelve una confirmación: desde su mutismo, desde su “retiro” del mundo, Elizabeth recorta en este “alter ego” “Alma gemela”, “hermana”, un objeto de goce. Dice en su carta: “es divertido estudiarla”.

    Sin pretender entrar en la tormenta pasional que esto desencadena en Alma, hay un pasaje enigmático de la carta donde Elizabeth habla de “cura”. “Este silencio, vivir aislada, sentir cómo el alma maltratada comienza finalmente a curarse...”. ¿De qué Alma está hablando? Por momentos, las confesiones de Alma tienen un valor depurativo, catártico ¿pero sobre quién? Alma-hermana-de-Elizabeth se vuelve por momentos una unidad que condensa, rompe y anuda la frágil estabilidad yo-otro. Lo más ajeno es lo más propio, nuevamente lo ominoso clava sus garras aquí. La curación del alma, la curación de Alma... ¿Hay cura para Elizabet? “Tu locura es la peor: actúas como si estuvieras sana”, dictamina Alma. Un Alma maltratada. Un tratamiento imposible para un goce que no sabe de palabras.

    “Repite conmigo: nada.”

(marzo de 2004)

 

Claudia Huergo

 

 


NOTA:

1. El sexo y el espanto. Pascal Quignard. Cuadernos de Litoral. Edelp.

 

 


(( Dossier elaborado para el Ciclo del Cine Club Municipal "Hugo del Carril" (Córdoba, Argentina) sobre la filmografía de Ingmar Bergman. Marzo de 2004.

Film: “Persona” – 1966 – Título del dossier: “ESE OSCURO OBJETO DE GOCE”. ))

 

 



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"Ese oscuro objeto de goce".

por: Claudia Huergo