La noche del 19 de diciembre de 2001 en la Argentina: cacerolazo y movilización.
20 de diciembre 2001: Masiva movilización popular a Plaza de Mayo, centro del poder político.
20 de diciembre: Comienza la represión.
(Foto: Diego Giúdice - AP)
Represión: Gases, agua, policía montada, motos, carros, palazos, balas de goma y de plomo.
Sólo quienes estuvimos allí sabemos que lo que muestra esta foto es cómo huye la policía montada (que cargaba contra los manifestantes hacia el obelisco) ante la pedrada popular.
(Foto: Walter Astrada - AP)
Las barricadas y la resistencia.
(Foto: Alberto Raggio - Betha)
20 de diciembre de 2001: La insurrección popular obliga al gobierno de De la Rúa a dejar el poder, huyendo en helicóptero desde la Casa Rosada.
(Foto: Alberto Raggio - Betha)
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Argentina, diciembre 2001:
el inicio de la esperanza
(Dos notas de aquellos días)
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por Alberto a. Arias
Estas dos notas fueron publicadas en el número 46 (de enero 2002) del periódico Redes Norte (Gran Buenos Aires, zona norte).
[1]: Cómo el pueblo los echó de la Quinta de Olivos
Para la crónica de los sucesos del 19 de diciembre [de 2001]
Muchas más que 5.000 personas se movilizaron en la rebelión popular que se instaló alrededor de la Quinta de Olivos durante horas, a partir de las 23:00 del miércoles 19. Muchos miles más acompañaron: desde los balcones repletos, desde los autos y colectivos que pasaban, y las veredas de la avenida Maipú llenas de simpatizantes de ese desfile popular que se acercaba a la Quinta para echar a De la Rúa y a todos sus ministros, coreando con rabia y entusiasmo consignas de unidad y rebelión.
Muchos estuvimos en esa autoconvocatoria popular desde el primer momento, frente al portón de la Quinta, acompañando y acompañados por incontables manifestantes. Las primeras pintadas en los muros fueron: Fuera De la Rúa-Cavallo y No al Estado de Sitio, aprobadas por todos. Luego, los primeros carteles, trazados con aerosoles y que terminaron pegados arriba del portón principal: «No al Estado de Sitio», «Fuera De la Rúa-Cavallo», «Asamblea Popular Constituyente» y «Huelga General». Un quinto cartel lo propuso y pintó una vecina: «Menem no vuelvas nunca más».
A esa altura, una enorme columna marchaba a copar también la habitual entrada de la calle Villate.
Pero lo que nunca relatarán los grandes medios es que durante un largo rato innumerables manifestantes cantaron: «Te cortamos las rutas, te paramos el país, asesino de obreros te tenés que ir». Al día siguiente, todos verían que ese gobierno que debutó encarcelando y matando obreros y luchadores, en su ocaso se cargaría treinta jóvenes vidas.
Algunos llorando de emoción, la mayoría con una alegría incontenible, bailes improvisados, el empuje de algunos redoblantes que se habían incorporado, bronca que crecía, el permanente coro de cacerolas, palmas y bocinazos, de tanto en tanto el himno nacional... Y la guardia de la Quinta, pidiendo instrucciones sin saber qué hacer ante ese gigantesco piquete popular, avasallador y autocontrolado.
Después, cuando ya había caído Cavallo y la gente decía «ahora nos falta voltear al otro», muchos nos planteamos ir, con el nuevo día, a la Plaza de Mayo.
Y la multitud, revulsiva, siguió muchas horas coreando: «Que se vayan», «...el Estado de Sitio se lo meten en el culo», «El que no salta es un militar», «Chupete botón...», «Cavallo compadre...», «Paredón a los que hundieron la nación», «El pueblo unido...», «El pueblo no se va», etc.
El pueblo no se fue, y al gobierno saqueador del pueblo lo fuimos.
(23 diciembre 2001)
(Publicado en la columna "De poco un todo", de Redes Norte,
Nº 46, enero-febrero de 2002.)
[2]: Diciembre del 2001: El inicio de la esperanza
Los acontecimientos de diciembre del 2001 pueden ser considerados como el inicio pleno de una etapa de auténtica esperanza para la población trabajadora de este país, en el sentido de revertir el saqueo de tantas décadas.
Hay que recordar que tales acontecimientos no nacieron de un repollo, son el fruto de miles de huelgas, de cortes de calles y rutas, de asambleas, de tomas de edificios, de huelgas de hambre, y de decenas de marchas multitudinarias y de puebladas que los precedieron desde, por lo menos, 1995-96. La noche del 19 de diciembre del 2001, todas esas experiencias se unieron en un solo haz contra buena parte de los centros del poder saqueador de la Argentina.
Segundo, implican una expresión consciente, lúcida (es decir, a la luz del día y con argumentos políticos e intelectuales) de un cambio que se opera en las clases sociales oprimidas y explotadas, en el sentido de identificar a sus enemigos y a los aliados y servidores de sus enemigos.
Cuando decimos enemigos, decimos enemigos: artífices políticos de millones de jubilaciones ofensivas y de salarios (si así se los puede llamar) de apenas centavos por hora; de millones de no-salarios, puentes a la indigencia; de la destrucción de la educación y la salud; del aplastamiento y quiebra de los medios y fuerzas de producción; de la destrucción de las conquistas de los trabajadores (a manos de partidos políticos que siguen recitando como zombis sus vacuas promesas y consignas «populares»); de la represión contra el mismo pueblo que los vota; de récords en mortalidad infantil y en desocupación laboral; de la ostentación imbécil de ricos y famosos; entre otras bondades. Panorama terrible, aunque hemos mencionado apenas unos pocos ingredientes de nuestra realidad.
En estos días se ha escuchado a algunos (no caracterizados precisamente por estar a la vanguardia de la movilización contra el saqueo) referirse con displicencia a «los que ahora salen a la calle porque les tocaron el bolsillo». Hay que recordarles, como certeramente se ha dicho, que «los que desprecian a la clase media porteña porque sale a la calle cuando se trata de la defensa de sus ahorros, olvidan que para ello esta clase media reclama la disolución de la Corte y el derrocamiento del conjunto del régimen político explotador, es decir que se coloca en el terreno de la lucha por una reorganización completa del régimen social» (Prensa Obrera, 4/1/02).
Lo cierto es que está en la calle, latente, el corazón y la sangre del levantamiento popular. Domina la certeza de que el «gobierno de transición» es incapaz de responder a los reclamos del levantamiento popular.
El movimiento de quienes empiezan a deliberar en sus lugares de trabajo, en sus hogares y en los vecindarios, debe fructificar en asambleas populares que tomen en sus manos la responsabilidad de decir qué se quiere y para qué, cómo se lo lleva adelante y se lo conquista, en definitiva, qué sociedad se desea y se hace.
Los que abogan por el Orden abstracto abogan por el camposanto de una Argentina en la que medran y festejan y brindan los que acumulan riquezas y después se fugan con ellas. El confuso Desorden que se ha visto en las calles es la expresión del cansancio y el agobio, del no soportar más, del no querer soportarlos más, de la ruptura de un falso orden, de querer otra cosa. En el debate, en la deliberación, en la acción conjunta contra los verdaderos saqueadores de la población trabajadora argentina, las clases sociales superexplotadas deberán encontrar las respuestas reales y prácticas, es decir auténticamentre políticas, para esa salida de la que siempre se dijo “no la hay”.
(enero 2002)
(Publicado en Redes Norte, Nº 46, enero-febrero de 2002.)
Alberto a. Arias
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