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Del 4 al 6 y del 6... ¿A dónde?
( Reflexiones en torno a la Manifestación
del 6 de Marzo [2008] y el conflicto colombiano )
•

[ Imagen de la manifestación del 6 de Marzo en Bogotá. ]
Y
el 6 de Marzo [2008] les tocó el turno a las eternas víctimas olvidadas del
conflicto social y armado colombiano. A los desplazados, a los campesinos, a los
trabajadores, a los pobres, a los marginados, a los indios, a los negros. Con
orgullo nos congregamos en toda Colombia y en todo el mundo para decir, desde
las víctimas, basta de mentiras, basta de paramilitarismo, basta de crímenes de
Estado y para decir a todos los actores armados basta de ataques a los civiles.
Porque urge el intercambio humanitario, porque urge una salida negociada al
conflicto, porque urge la necesidad de humanizar una guerra tan degradada.
Esta marcha fue bien honesta. Se supo desde un primer momento quien convocó y no
se usó como pantalla a un “inocente” que comenzó “espontáneamente” una
convocatoria en Facebook. Se convocó con una agenda clara y no solamente con el
ánimo de denunciar, sino que con el ánimo, ante todo, de construir una
alternativa al belicismo irracional que desangra a Colombia. Este fue nuestro
granito de arena para ayudar a superar un proceso histórico largo y que hoy
trasciende las fronteras colombianas, amenazando con desbordar a toda la región.
No sólo se trata de números...
En Bogotá salieron, según cálculos conservadores, unas 300.000 personas; Radio
Caracol estimaba la marea humana que inundó la Carrera Séptima entre 800.000 y
1.000.000 de almas. Cientos de miles más se congregaron en todo el país y en
decenas de países de todo el mundo. Este es un hecho notable, ya que esta
manifestación careció de apoyo institucional y careció de los bombos y platillos
de la manifestación del 4 de febrero y, sin embargo, se estima que el número de
personas que salieron fue equivalente [1]. Es por ello que decíamos en un
artículo anterior [2] que la asistencia a esta marcha sería más significativa,
pues es una asistencia que vino pese a todo y sin ninguna clase de presión, ni
menos facilidades, y en medio de múltiples amenazas.
Ningún patrón le dio permiso a sus trabajadores para marchar; el oportunista de
Samuel Moreno, que suspendió las clases en Bogotá el día 4 de febrero para
complacer al uribismo y así evitar ser sindicado de “pro-guerrillero” según la
densa polarización de esos días, no suspendió las clases esta vez, aunque para
la foto posará en primera fila durante la marcha. Los uniformados tampoco se
vistieron de civil para salir a marchar. Previa la marcha, comunidades completas
en Caquetá, en Nariño, en Medellín, fueron amenazadas por las bandas
paramilitares de las “Águilas Negras” y “Nueva Generación” para que no salieran.
Hay que sumar, además, el clima de tensión que se vivió en Colombia esa semana,
por los sucesos que se desencadenaron luego del asesinato de Raúl Reyes, segundo
jefe de las FARC-EP, en territorio ecuatoriano. Con un conflicto que amenazaba
escalar en cualquier momento, con movilizaciones de tropas en las fronteras
ecuatorianas y venezolanas, y con todo el frenesí patriotero que estas
situaciones generan y que, por lo general, fuerzan a posicionarse detrás del
gobierno, una marcha de estas características críticas, es mil veces más
notable. Puede decirse que el contexto no podía ser más adverso.
Y torrentes humanos salieron de a miles, fueron millones. Pese a todo. Un
artículo brillante escrito por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz antes
de la marcha [3], señalaba que esta sería una marcha de “minorías”
[4]. Aunque el
artículo en cuestión sea brillante, falló en ese punto y en verdad, ninguno de
quienes apoyamos la iniciativa pensamos que tendría la asistencia que tuvo.
Supusimos, erróneamente, que el miedo, que la confusión, que la propaganda
podrían más. En verdad subestimamos al pueblo colombiano. Y fue el mismo pueblo
colombiano quien nos demostró nuestro error. Por ello, esta asistencia fue mil
veces más significativa que sus números y aquellos reduccionistas y simplones
que quieran comparar números entre el 4 de febrero y el 6 de marzo (porque no
tienen cabeza para otra cosa) están verdaderamente fuera de foco. No todo en la
vida son números, afortunadamente.
Los ausentes que se hicieron presentes
Pero hay otra razón por la cual no puede compararse la gente que saliera este
día con la que saliera en la manifestación anterior: hay una diferencia ante
todo cualitativa. Los que salieron este 6 de marzo fueron, ante todo, las
víctimas del conflicto. Como habíamos dicho, tan importante como los que marchan
son los que no marchan. Y los que no estuvieron presentes para la marcha del 4
de febrero (víctimas, familiares, desplazados) lo estuvieron en esta. Este sólo
hecho es tremendamente significativo.
Así como también fue significativa la ausencia de un gobierno que se llena la
boca hablando de las “víctimas del conflicto” pero que es incapaz de
acompañarlas el día que éstas hacen presencia en las calles. Esto no es casual y
refleja la incapacidad del Estado de mirarse en el rostro de las víctimas debido
a su condición de victimario. Su presencia hubiera sido un acto de cinismo que
hubiera superado todo cuanto el estómago humano puede tolerar.
Acá los que salieron fueron desplazados, fueron gente que han perdido un hijo,
una hija, un hermano, una hermana, un esposo, una esposa, un amante, alguien
querido. Fueron torturados, fueron gente que por años han tenido que esconderse
para cuidar su pellejo, fueron gente que ha vivido el rigor del conflicto sobre
su piel. Fueron gente que se cansó de callar, que se cansó de soportar tanta
muerte alrededor, fue gente que simpatizó con los convocantes aunque el gobierno
buscara satanizarlos. Acá no hubo nadie vestido según la moda de París. Acá
fueron solamente los colombianos de a pie.
Contra viento y marea... ¡por la vida y la dignidad!
Toda la prensa oficial o estuvo en contra o trataron de distorsionar el sentido
original de la marcha para entregar una marcha descafeinada, que no dijera nada,
que criticara la “violencia” como si viniera del aire pero fuera incapaz de
ponerles nombres, responsables, y mucho menos, de asignarles responsabilidades
específicas. Una marcha, en fin, que o no dijera nada o repitiera los efectos
del 4 de Febrero de buscar el reforzamiento de la institucionalidad.
El Tiempo solamente la apoya, en una sorpresiva editorial el 28 de Febrero,
cuando era un hecho que se venía venir que serían cientos de miles los que
saldrían a las calles. Sin embargo, la apoya con tantos “peros” que fue un “si”
equivalente a un “no”. En el amor como en la política es mejor a veces un “no”
categórico que un “si” indeciso y pusilánime. Que no nos gustan los convocantes,
que el paramilitarismo ya se desmovilizó, que no creemos que vaya a salir tanta
gente como el 4, que esta marcha está “politizada”, que no es inocente, todo en
boca de este periódico se convirtió en una manera de bajarle el perfil a la
manifestación, mientras se posaba de demócrata y de ecuánime.
El Espectador la apoyó en un comienzo para luego reducir la convocatoria
solamente contra el paramilitarismo, como si los crímenes de Estado no
existieran. Esta actitud fue transversal a la prensa oficial que considera la
crítica a las instituciones como un acto de alta traición, actitud propia de un
régimen que vive un proceso avanzado de fascistización. ¡Para demostrar su
carácter “respetable”, hasta llegaron al patético extremo de sentirse obligados
a defender la política de seguridad democrática y al presidente Uribe después de
haber “apoyado” la convocatoria! Y lo hacen en el tono más rastrero que pueda
imaginarse:
“Quien haya leído de buena fe —y comprendido— los editoriales de El
Espectador de los últimos años sabe bien —ya que también nos han querido graduar
de manera gratuita como enemigos del Presidente de la República— del respaldo
que hemos dado desde estas páginas a la política de seguridad democrática y a la
Fuerza Pública. Cosa diferente es que pongamos un énfasis en la esencia
democrática de dicha política como fundamento necesario para que sea efectiva y
noble. En lo cual quizás algunos no coincidan, pero ciertamente sí el presidente
Álvaro Uribe Vélez.” [5]
Es decir, apoyaban, al mismo tiempo que la convocatoria del 6 de Marzo, a la
política que ha aumentado notablemente la cantidad de violaciones por parte del
Estado y la cantidad de “falsos positivos”. Para semejante acto de alquimia
política, ciertamente, debían transfigurar la convocatoria en una que no
mencionara los crímenes de Estado. Y yendo aún más lejos en su actitud rastrera
y cobarde, llegan a defender la figura de Uribe, con lo cual la farsa es
absoluta – al ser este uno de los impulsores de los grupos paramilitares
mediante las cooperativas CONVIVIR, a mediados de los ’90, que luego darían
origen a las AUC. No había, en realidad, necesidad de caer tan bajo. Pero
insistimos, esta clase de actitudes son sintomáticas de la presión que desde los
medios se ejerce para buscar manufacturar un consenso monolítico detrás de las
clases dominantes y de su estrategia militar y política.
Mientras tanto, por cada artículo que aparecía apoyando la marcha, o por cada
tibia editorial de apoyo, aparecían diez artículos que, con espuma en la boca,
atacaban el sentido de la marcha y a sus organizadores.
Podríamos decir que el rol de los medios antes de la marcha fue de buscar
distorsionar la convocatoria una vez que no pudieron evitarla: se pronunciaban
contra la violencia, esa violencia de sustancia etérea, sin ser capaces de
ponerle nombre y apellido; se cuestionaban a los “actores ilegales”, como si los
actores legales no practicaran el terrorismo, como si el Estado fuera una
entidad más allá del bien y del mal. Otros fueron aún más lejos y quisieron
centrarse nuevamente, de manera exclusiva y excluyente, en las violaciones de
las FARC-EP y en la situación de los secuestrados.
El Polo, que no tuvo pelos en la lengua para criticar a las FARC-EP el 4 de
Febrero, se mostró esta vez extremadamente reticente a nombrar con igual
claridad al Estado como un violador sistemático de derechos humanos en Colombia.
Mal por ellos: esa falta de claridad refleja su inmadurez política y su
oportunismo. Samuel Moreno, en tanto, no tuvo el valor para suspender las clases
en esta ocasión.
Y pese a estas vacilaciones, pese a la oposición del gobierno, pese a las mil y
una dificultades, pese a la campaña velada de la prensa contra la manifestación,
el pueblo colombiano se expresó en una hermosa jornada que demostró su porfiada
voluntad de vivir, y de vivir dignamente, libremente, mientras desde arriba se
le quiere imponer el silencio o la muerte. Este 6 de Marzo fue un bravísimo acto
de reafirmación popular.
El 6 de Marzo: ni miedo ni silencio
La marcha del 6 no fue una marcha excluyente: pese a que su convocatoria era
clara, no se le negó espacio a ninguna víctima, no buscó contribuir a la
polarización, todo el mundo pudo expresar su opinión sin que se viniera a
censurar, a decir que esta marcha es mía y no tuya, que de estas víctimas no se
puede hablar... Esto fue así tanto en Colombia como en todos los países donde
hubo manifestaciones.
Nosotros teníamos claro que la jornada no era sencillamente una copia inversa de
lo que se hizo el 4 de febrero; aquí aparecieron distintas voces de las
víctimas. Esto fue un tributo a las víctimas que comenzó como idea del
Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE) y desde ahí
prendió a todas las agrupaciones de víctimas. Desde las víctimas, el mensaje
primordial fue un “No Más” a los paramilitares y al Estado, aunque también se
planteó a todos los actores armados, incluida la insurgencia, la necesidad de
humanizar el conflicto y de no castigar a la población civil. Los familiares de
los secuestrados se unieron con los desplazados, con los desparecidos, con los
torturados.
Pero lo que la hizo en realidad cualitativamente distinta fue su carácter de
propuesta. A diferencia del 4 de febrero, acá el énfasis, desde las víctimas,
era por justicia social y paz como el objetivo a largo aliento, pero en lo
inmediato, por el Canje Humanitario y la Solución Política y Negociada al
Conflicto.
Su mensaje fue categórico y debe haber caído como un balde de agua fría a
quienes desde los medios y desde el gobierno atizan la guerra, la violencia
política y buscan manufacturar este consenso en torno a la figura Sacrosanta de
Uribe Vélez. Con esta marcha quedaba claro que esa unanimidad, que ese consenso
que se inventan con encuestas parciales que publican hasta el cansancio, no es
tal [6]. Que ese consenso manufacturado no es tan fuerte como se quiere hacer
creer.
Quizás por esto mismo, es que al día siguiente, la misma prensa que le daba su
apoyo con todo número de “peros”, cubría parcialmente los hechos de la marcha.
Enfatizaba una gresca cerca de la Plaza Bolívar, mientras que incidentes
similares el día 4 de febrero ni siquiera los cubrieron. Comenzaron, en sus
informes, denunciando a los insurgentes y minimizando las menciones al Estado
(“a ciertos elementos del Estado” fue lo más que se atrevieron a decir) y al
paramilitarismo. Una primera nota de prensa de El Tiempo patéticamente intentaba
ocultar el carácter indiscutiblemente de masas de la convocatoria mintiendo
deliberadamente, y hablando de 40.000 manifestantes en el centro de Bogotá (!).
Criticaban la “politización” porque gente gritaba consignas contra Uribe –y sin
embargo, estos mismos medios no dijeron nada cuando otros gritaban a favor de
Uribe el 4 de febrero, como si gritar a favor fuera menos “politizado” que
gritar en contra.
Parece que a los medios, que intentan contra viento y marea dar la imagen de un
consenso absoluto en torno a la figura de Uribe, les pareció particularmente
incómodo que se cuestionara al “Gran Líder” de manera masiva con la
manifestación. Pero era imposible que Uribe no saliera al baile el 6 de marzo.
Hablar de los desplazados sin hablar de la seguridad democrática es imposible; y
a su vez, hablar de la seguridad democrática sin hablar de Uribe es como hablar
de la Iglesia Católica sin mencionar al Papa. No se puede. Por tanto, si se va a
hablar del paramilitarismo y del terrorismo de Estado es natural que se toque la
figura de Uribe que ha estado en el centro de estos fenómenos por décadas.
Así las cosas, el mensaje al final del día fue un mensaje claro y si el gobierno
de Uribe quiere hacerse el distraído, pues bien, pueden hacerlo. Después de
todo, el Estado colombiano se ha caracterizado históricamente por su autismo,
que le hace impermeable a las demandas populares. Pero el mensaje desde las
víctimas fue elocuente y dice, más allá de los mensajes específicos de denuncia
y propuesta, que el pueblo colombiano se niega a ser espectador pasivo del
conflicto y que tiene sus manos dispuestas para la construcción de un mejor
destino.
La revancha de los paramilitares
Así como podemos decir que los medios se tomaron su revancha contra el pueblo
colombiano con su mediocre cobertura de los hechos, también era de esperarse la
respuesta vindicativa del paramilitarismo, la cual no tardó en llegar de mano de
las nuevas encarnaciones del paramilitarismo, las “Águilas Negras” y
“Nueva Generación”.
Ya antes de la marcha, se supo de amenazas individuales y colectivas que
llegaron a materializarse en atentados contra algunos de los organizadores. El
día 29 de Febrero la organizadora de la marcha en Pereira, Luz Adriana
González, fue atacada a tiros en las afueras de su residencia, ataque del
cual salvó milagrosamente ilesa. Otro atentado similar, posterior a la marcha,
sufrió el dirigente del sindicato de empleados bancarios de Bucaramanga (UNEB),
Rafael Boada, quien el 7 de marzo fue víctima de disparos por parte de
individuos que se desplazaban en motocicleta, que afortunadamente, no hicieron
más daño que al parabrisas de su automóvil. Organizadores de la marcha, como
Darío Tote (Cauca), Ingrid Vergara Chávez y Pedro Geney
(Sucre) [7], Guillermo Castaño (Pereira, Risaralda), Antonio Pedrozo
(Tolima) [8], Silsa Arias (Bogotá)
[9] son algunos de los más de 50 que han
recibido amenazas por parte del paramilitarismo, que en su desquiciamiento
asesino y con la prepotencia que le otorga el contar con amigos poderosos, han
llegado a amenazar, inclusive, a ocho embajadas (Suecia, España, Canadá,
Noruega, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina) [10].
En cuanto a las amenazas colectivas, destacan las denuncias recibidas por el
pueblo indio Awá de Nariño [11] y por los residentes del barrio 8 de
Marzo en Medellín, quienes recibieron amenazas de grupos paramilitares con
el fin de amedrentarles e impedir de tal manera que aquel día pudieran salir a
marchar. Denuncias semejantes de amenazas se vivieron en Caquetá y otros
rincones de Colombia, que ciertamente, evitaron de antemano una presencia aún
más masiva en las manifestaciones. Estas amenazas ocurrían en momentos que los
principales diarios nacionales le bajaban el perfil al paramilitarismo, como que
fuera un fenómeno del pasado, como que ya se hubieran desmovilizado, con lo cual
buscaban desinflar la movilización.
Pero no podían los paramilitares contentarse solamente con las amenazas, y menos
aún, después de la masiva concurrencia a las marchas. El rol del paramilitarismo
no ha sido solamente el “terrorismo” (que en estricto rigor, y más allá de las
definiciones “a la medida de Washington” que nos quieran vender los medios,
quiere decir el acto de infundir terror en el adversario con acciones que tienen
un efecto mucho más psicológico que material), sino que ha sido, abiertamente,
la eliminación física de las personas “molestas” a un sistema político y
económico en manos de un club de gomelos, gamonales y familias “bien”.
“Consecuentes” con su rol histórico, el paramilitarismo procedió a aquello que
es su verdadera vocación: el asesinato cobarde, vil y alevoso de trabajadores,
campesinos y gente del pueblo conciente. Las víctimas se sucedieron una tras
otra: Carmen Cecilia Carvajal, docente, afiliada al sindicato ASINORT,
asesinada el 4 de Marzo en Ocaña (Norte de Santander); Leonidas Gómez,
del sindicato de empleados bancarios (UNEB), asesinado el día 5 de Marzo en
Bogotá (Cundinamarca); Gildardo Antonio Gómez, docente afiliado a ADIDA,
asesinado el día 7 de Marzo, apuñalado en pleno centro de Medellín (Antioquia);
Carlos Burbano, afiliado al sindicato de trabajadores de hospitales (ANTHOC),
secuestrado el 9 de Marzo, aparece muerto el día 11 de Marzo, en San Vicente del
Caguán (Caquetá), su cadáver botado en un vertedero municipal y con su rostro
desfigurado por ácido y su cuerpo lacerado por signos de tortura
[12].
Estos asesinatos nos hieren en lo más profundo, porque ponen una nota de gran
amargura en momentos en que aún festejábamos el triunfo sobre la cultura de la
muerte impuesta desde las clases dominantes que marcaba el 6 de Marzo. Y
queremos que quede claro que acá no hay responsabilidades solamente de los
paramilitares: acá hay responsabilidades políticas mucho más profundas. El
MOVICE señaló claramente la responsabilidad del asesor presidencial José
Obdulio Gaviria, quien antes de la marcha, había indicado, sin ningún
argumento de peso, que esta manifestación era organizada por las FARC-EP. Esta
declaración irresponsable, que en ningún momento fue rectificada, contribuyó a
poner a los organizadores de la manifestación, aún de manera más patente, en la
mira de las agrupaciones paramilitares. Esta declaración fue una carta blanca
para el asesinato político. El MOVICE está exigiendo, junto a una serie de
organizaciones sociales, la destitución de Gaviria [13].
Pero creemos que aquí no solamente José Obdulio Gaviria tiene una
responsabilidad. Claramente, el presidente Álvaro Uribe Vélez tiene una
cuota de responsabilidad política enorme en estos sucesos: sin necesidad de
remitirnos al historial de vínculos de Uribe con el paramilitarismo,
sencillamente, cabe decir que la Ley de Justicia y Paz [14] ha invisibilizado el
problema del paramilitarismo en Colombia, negando su existencia, pese a la
amplia evidencia que demuestra que el paramilitarismo es un fenómeno que se
mantiene intacto –y como demuestra la revancha que se tomaron después del 6 de
Marzo, mantiene su capacidad de asesinar impunemente a los sectores populares.
Y es necesario recordar que el fenómeno del paramilitarismo no se trata,
simplemente, de grupos ilegales, al margen de la ley: la imbricación del
paramilitarismo con las instituciones del Estado colombiano es sorprendente,
como lo demuestran los 65 parlamentarios involucrados en el caso de la
“para-política” (23 de los cuales ya tienen condena) y el caso de Jorge Noguera,
ex-director del Departamento Administrativo de Seguridad, quien entregaba
servicios, desde el gobierno, al paramilitarismo [15].
Estos asesinatos lo que hacen es demostrar la farsa que se esconde, no solamente
detrás de las supuestas desmovilizaciones del paramilitarismo, sino que también
la farsa del supuesto “éxito” de la mal llamada política de Seguridad
Democrática, los cuales fueron aplaudidos por Condolezza Rice durante su
reciente visita a Colombia. Como decíamos en una declaración recientemente:
“Si el gobierno de Uribe ha sido tan exitoso en su lucha contra el
“terrorismo” como quiere hacer creer al mundo: ¿por qué no para la masacre de
sindicalistas, defensores de derechos humanos, campesinos y dirigentes sociales?
Si, como ellos dicen, han podido contener a los grupos insurgentes ¿por qué se
muestran impotentes para evitar los crímenes de las bandas paramilitares?
¿Debiéramos suponer tolerancia o connivencia con ellos?”
[16].
Las respuestas a estas preguntas son evidentes. Pero dejamos que cada lector se
haga de su propia opinión.
¿Paz con Justicia Social o Paz de los Cementerios?
Ha sido un largo camino el recorrido del 4 de Febrero al 6 de Marzo, recorrido
en el cual se han invocado los más espantosos espectros de la realidad
colombiana. Lo que queda por delante es una tarea ardua: ciertamente, la
persistencia del conflicto prolongado, así como la enorme presión puesta sobre
la población con la implementación del Plan Colombia, que con sus dólares
militariza, fumiga, desplaza, mutila, etc. significa que el momento es de mucha
dificultad hacia los sectores populares, los cuales cada vez ven más limitados
sus espacios de expresión, asociación y participación. Y los cuales siguen
siendo presa para los sicarios del paramilitarismo que se mantienen en su tarea
de “limpieza política” mediante el plomo.
La polarización social estimulada por la política de Seguridad Democrática, los
planes de “colaboración” cívico-militares, el recurso a la guerra sucia por
parte del Estado y de los órganos paramilitares vinculados a éste, así como el
macartismo y el estado de proto-fascistización del país, que pone a cualquier
disidente en riesgo de ser acusado del temido “delito de rebelión”, contribuyen
a las dificultades que enfrenta el mundo popular para encontrar una voz propia
en un conflicto en el cual, desde el poder, se pretende instalar una lógica
maniqueísta.
Y no está de más traer a colación, una vez más, que este mundo popular se
encuentra enfrentado no solamente a su propia clase dominante, sino que se
enfrenta, a la vez, a todo el peso del imperialismo norteamericano en la región.
Porque la dominación de Colombia y su sometimiento a los dictados de Washington
es un factor de importancia geoestratégica de primero orden para los EEUU, sobre
todo cuando está frente a una América Latina que se le escapa del control
absoluto y que presenta situaciones “problemáticas” para su hegemonía
hemisférica [17]. En realidad, Uribe es solamente el títere de Bush, no hay nada
de original en su política -solamente ha adaptado la antigua Doctrina de
Seguridad Nacional a los requerimientos impuestos por la era de la “Guerra
contra el Terrorismo”. La política de Uribe fue diseñada en la Casa Blanca con
el Plan Colombia y desde ahí ha sido financiada (más de U$5.000.000 desde el
’98). Sin este apoyo político, logístico, militar, económico y diplomático,
Uribe no es nada.
Por esta razón, no es casual que el conflicto esté crecientemente pasando a una
escala regional, como quedó de manifiesto después del bombardeo a un campamento
insurgente en suelo ecuatoriano el 1º de Marzo, ni es causal que involucre no
solamente a los países vecinos, sino que a toda la región –es toda una
estrategia de dominación la que está en juego. Y el cuco de las FARC-EP,
mientras tanto, puede convertirse en el Al-Qaeda latinoamericano. Al menos, los
ingredientes principales ya están echados a la olla desde la propaganda
belicista del uribismo: redes internacionales [18] y armas de destrucción
masiva [19].
Colombia está en una encrucijada: o soluciona el conflicto de acuerdo a los
intereses de los sectores populares (los cuales desde las organizaciones
campesinas, sindicales, indígenas, de víctimas, etc. buscan abrirse un espacio)
o se convierte en un enclave imperialista tal cual Puerto Rico en el Caribe o
Israel en Medio Oriente. Aquí no hay medias tintas y los sectores populares
deben estar muy claros de la gravedad e importancia de la presente encrucijada
para todo el continente.
Y creo, personalmente, que para poder avanzar hacia la posibilidad de solucionar
el conflicto armado en beneficio de los sectores populares, hay que romper
necesariamente con algunos de los mitos que infestan toda la discusión de las
alternativas desde el pueblo. El mito del Estado sacrosanto, situado más allá
del bien y el mal, como si se tratase de un espacio inmaculado, donde la
institucionalidad es perfecta, pero donde lo que fallan son ciertas ovejas
negras. El mito, ligado al anterior, de la Ley al margen del conflicto social de
clases. El suponer que hay una ley que se instala sobre las contradicciones de
la sociedad y más allá de los intereses específicos de los grupos de poder,
reduce el conflicto a un asunto entre los garantes de la ley y el orden y los
ilegales, o los actores “al margen de la ley”. Ignorando que sectores legales
(el Ejército) y sectores ilegales (el paramilitarismo) han colaborado
estrechamente en cuidar los intereses de un sector muy específico de la sociedad
colombiana, que son sus clases dominantes (ganaderos, terratenientes,
empresarios) que detentan el control del aparato burocrático del Estado –por la
fuerza- así como el control de la vida económica de Colombia. Solamente cuando
se comprenda el alcance real que estos mitos tienen en el desarrollo de un
proyecto alternativo, de base, libertario y popular, y cuando el movimiento
popular sea capaz de plasmar esta comprensión en un programa real, podremos
decir que se estará avanzando hacia una paz duradera, sostenible y pletórica de
significado.
No podemos permitir que la burguesía, los terratenientes, los oligarcas, los
amigos de Washington se arroguen el derecho a “hablar de paz”. La paz en boca de
estos personajes huele a podrido, huele, de hecho, a muerte. Ellos claro que
quieren la paz, pero ¿qué paz? Una paz donde sólo ellos tengan la sartén por el
mango, donde puedan explotar a un pueblo sumiso y manso que calle y se conforme
con una miga de pan. Nosotros sí queremos la paz, pero una paz verdadera, no la
paz de los cementerios, no la paz de los resignados, no la paz de los que
toleran la injusticia y la explotación sin abrir la boca. Por eso hablamos de
paz con justicia social y no de paz a secas. Pues hablar de paz a secas es el
discurso de los tiranos y de los opresores: es la paz que solamente cuestiona la
protesta de los oprimidos para así legitimar un orden de cosas injusto.
Ese día 6 de Marzo fuimos millones los que marchamos. Ahora sabemos con certeza
que hay fuerza humana para desarrollar, desde abajo, un proyecto alternativo al
que se quiere imponer desde arriba y desde el frío país del norte.
27 marzo 2008
José Antonio Gutiérrez D.
NOTAS
[1] Se estiman unos tres millones, aunque los medios serviles al régimen de
Uribe, como era de esperar, inflaron a cuatro millones la marcha del 04/02 y
bajaron a un millón la del 06/03. Aunque insistimos, lo de los números es lo de
menos.
[2] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=7566
[3] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=7564
[4] “Las víctimas a las que se quiere hacer un Acto de Homenaje son sujetos
de otra sensibilidad, que interactúa con esa sensibilidades mediáticas, pero que
se expresan de otro modo, en rituales que no son masivos, que no pueden serlo
porque hablan de lo que nadie quiere ver, de lo que no se ha aprendido a
percibir, por que dicen de lo que nadie quiere creer, a pesar de las pruebas, a
pesar de la realidad misma, a pesar de que incluso se es o se ha sido víctima:
el terror del Estado.” (Op. cit.)
[5] http://www.elespectador.com/opinion/editorial/articulo-manipulacion-de-un-editorial
[6] Encuestas que se fundamentan en entrevistar a 1.000 personas en las cuatro
ciudades principales (Cali, Bogotá, Medellín y Barranquilla), las cuales son
plazas fuertes del uribismo, y en las cuales las cifras alucinatorias de apoyo
no bajan del 80%. Estas encuestas son otra pieza más del rompecabezas de la
opresión, que busca marginar a la oposición y desplazar cualquier posibilidad de
crítica a Uribe como un acto contrario a la razón y la voluntad “del pueblo”.
Aunque como decían por ahí, al ritmo que van matando gente, es muy probable que
en una década la aprobación de Uribe llegue al 100% -todos los demás ya serán
“falsos positivos”...
[7] http://www.fidh.org/spip.php?article5365
[8] http://www.movimientodevictimas.org/node/618
[9] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=8036
[10] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-ocho-embajadas-denuncian-amenazas-de-aguilas-negras
[11] http://www.onic.org.co/actualidad.shtml?x=20192
[12] http://www.colombiasolidarity.org.uk/content/view/145/45/; http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-cuatro-lideres-sociales-han-muerto-despues-de-marcha-del-6m
[13] http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-cuatro-lideres-sociales-han-muerto-despues-de-marcha-del-6m
[14] Ley con la que supuestamente se desmovilizaron los paramilitares en
Colombia. Oficialmente, los últimos paramilitares de las AUC se desmovilizaron a
comienzos del 2006. Sin embargo, esta ley ha sido ampliamente criticada como una
manera de dar una amnistía a paramilitares que, en la gran mayoría de los casos,
han seguido manteniendo sus estructuras y siguen operando.
[15] http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/marajimenaduzn/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3943737.html
[16] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=7982
[17] Que van desde la presencia de regímenes populistas y la proliferación de
movimientos de inspiración revolucionaria de nuevo cuño, hasta el declive del
Consenso de Washington y la mayor presencia económica y política de otras
potencias en condiciones de disputar la hegemonía yanqui, como son China y la
Unión Europea.
[18] La excusa de redes internacionales de las FARC-EP ya se ha utilizado como
una carta bajo la manga para reprimir y perseguir a los sectores de izquierda al
menos en México, Costa Rica y Perú.
[19] Las famosas barras de Uranio empobrecido que se atribuyeron a las FARC-EP.
Esto ha sido completamente desacreditado, y solamente una prensa tan
despreocupada de establecer la verdad o de indagar en los hechos, como es la
colombiana, puede darle crédito, empeñada como está en su cruzada por machacar
el maniqueísmo del bien absoluto representado en Uribe y el mal absoluto
representado en la insurgencia. Tales noticias no son más que un nuevo capítulo
en la propaganda de guerra del gobierno, donde los hechos ya no cuentan para
nada.
(( Reproducimos el texto aparecido en la página web de "Anarkismo.net" con fecha 30 marzo 2008: http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=8467 ))
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"Del 4 al 6 y del 6... ¿A dónde?"
por: José Antonio Gutiérrez D.