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Del 4 al 6 y del 6... ¿A dónde?

 

( Reflexiones en torno a la Manifestación

del 6 de Marzo [2008] y el conflicto colombiano )

 

 

por José Antonio Gutiérrez D.

 

[ Imagen de la manifestación del 6 de Marzo en Bogotá. ]


    Y el 6 de Marzo [2008] les tocó el turno a las eternas víctimas olvidadas del conflicto social y armado colombiano. A los desplazados, a los campesinos, a los trabajadores, a los pobres, a los marginados, a los indios, a los negros. Con orgullo nos congregamos en toda Colombia y en todo el mundo para decir, desde las víctimas, basta de mentiras, basta de paramilitarismo, basta de crímenes de Estado y para decir a todos los actores armados basta de ataques a los civiles. Porque urge el intercambio humanitario, porque urge una salida negociada al conflicto, porque urge la necesidad de humanizar una guerra tan degradada.
    Esta marcha fue bien honesta. Se supo desde un primer momento quien convocó y no se usó como pantalla a un “inocente” que comenzó “espontáneamente” una convocatoria en Facebook. Se convocó con una agenda clara y no solamente con el ánimo de denunciar, sino que con el ánimo, ante todo, de construir una alternativa al belicismo irracional que desangra a Colombia. Este fue nuestro granito de arena para ayudar a superar un proceso histórico largo y que hoy trasciende las fronteras colombianas, amenazando con desbordar a toda la región.
 

No sólo se trata de números...


    En Bogotá salieron, según cálculos conservadores, unas 300.000 personas; Radio Caracol estimaba la marea humana que inundó la Carrera Séptima entre 800.000 y 1.000.000 de almas. Cientos de miles más se congregaron en todo el país y en decenas de países de todo el mundo. Este es un hecho notable, ya que esta manifestación careció de apoyo institucional y careció de los bombos y platillos de la manifestación del 4 de febrero y, sin embargo, se estima que el número de personas que salieron fue equivalente [1]. Es por ello que decíamos en un artículo anterior [2] que la asistencia a esta marcha sería más significativa, pues es una asistencia que vino pese a todo y sin ninguna clase de presión, ni menos facilidades, y en medio de múltiples amenazas.
    Ningún patrón le dio permiso a sus trabajadores para marchar; el oportunista de Samuel Moreno, que suspendió las clases en Bogotá el día 4 de febrero para complacer al uribismo y así evitar ser sindicado de “pro-guerrillero” según la densa polarización de esos días, no suspendió las clases esta vez, aunque para la foto posará en primera fila durante la marcha. Los uniformados tampoco se vistieron de civil para salir a marchar. Previa la marcha, comunidades completas en Caquetá, en Nariño, en Medellín, fueron amenazadas por las bandas paramilitares de las “Águilas Negras” y “Nueva Generación” para que no salieran.
    Hay que sumar, además, el clima de tensión que se vivió en Colombia esa semana, por los sucesos que se desencadenaron luego del asesinato de Raúl Reyes, segundo jefe de las FARC-EP, en territorio ecuatoriano. Con un conflicto que amenazaba escalar en cualquier momento, con movilizaciones de tropas en las fronteras ecuatorianas y venezolanas, y con todo el frenesí patriotero que estas situaciones generan y que, por lo general, fuerzan a posicionarse detrás del gobierno, una marcha de estas características críticas, es mil veces más notable. Puede decirse que el contexto no podía ser más adverso.
    Y torrentes humanos salieron de a miles, fueron millones. Pese a todo. Un artículo brillante escrito por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz antes de la marcha [3], señalaba que esta sería una marcha de “minorías” [4]. Aunque el artículo en cuestión sea brillante, falló en ese punto y en verdad, ninguno de quienes apoyamos la iniciativa pensamos que tendría la asistencia que tuvo. Supusimos, erróneamente, que el miedo, que la confusión, que la propaganda podrían más. En verdad subestimamos al pueblo colombiano. Y fue el mismo pueblo colombiano quien nos demostró nuestro error. Por ello, esta asistencia fue mil veces más significativa que sus números y aquellos reduccionistas y simplones que quieran comparar números entre el 4 de febrero y el 6 de marzo (porque no tienen cabeza para otra cosa) están verdaderamente fuera de foco. No todo en la vida son números, afortunadamente.

 

Los ausentes que se hicieron presentes

 

    Pero hay otra razón por la cual no puede compararse la gente que saliera este día con la que saliera en la manifestación anterior: hay una diferencia ante todo cualitativa. Los que salieron este 6 de marzo fueron, ante todo, las víctimas del conflicto. Como habíamos dicho, tan importante como los que marchan son los que no marchan. Y los que no estuvieron presentes para la marcha del 4 de febrero (víctimas, familiares, desplazados) lo estuvieron en esta. Este sólo hecho es tremendamente significativo.
    Así como también fue significativa la ausencia de un gobierno que se llena la boca hablando de las “víctimas del conflicto” pero que es incapaz de acompañarlas el día que éstas hacen presencia en las calles. Esto no es casual y refleja la incapacidad del Estado de mirarse en el rostro de las víctimas debido a su condición de victimario. Su presencia hubiera sido un acto de cinismo que hubiera superado todo cuanto el estómago humano puede tolerar.
    Acá los que salieron fueron desplazados, fueron gente que han perdido un hijo, una hija, un hermano, una hermana, un esposo, una esposa, un amante, alguien querido. Fueron torturados, fueron gente que por años han tenido que esconderse para cuidar su pellejo, fueron gente que ha vivido el rigor del conflicto sobre su piel. Fueron gente que se cansó de callar, que se cansó de soportar tanta muerte alrededor, fue gente que simpatizó con los convocantes aunque el gobierno buscara satanizarlos. Acá no hubo nadie vestido según la moda de París. Acá fueron solamente los colombianos de a pie.
 

Contra viento y marea... ¡por la vida y la dignidad!


    Toda la prensa oficial o estuvo en contra o trataron de distorsionar el sentido original de la marcha para entregar una marcha descafeinada, que no dijera nada, que criticara la “violencia” como si viniera del aire pero fuera incapaz de ponerles nombres, responsables, y mucho menos, de asignarles responsabilidades específicas. Una marcha, en fin, que o no dijera nada o repitiera los efectos del 4 de Febrero de buscar el reforzamiento de la institucionalidad.
    El Tiempo solamente la apoya, en una sorpresiva editorial el 28 de Febrero, cuando era un hecho que se venía venir que serían cientos de miles los que saldrían a las calles. Sin embargo, la apoya con tantos “peros” que fue un “si” equivalente a un “no”. En el amor como en la política es mejor a veces un “no” categórico que un “si” indeciso y pusilánime. Que no nos gustan los convocantes, que el paramilitarismo ya se desmovilizó, que no creemos que vaya a salir tanta gente como el 4, que esta marcha está “politizada”, que no es inocente, todo en boca de este periódico se convirtió en una manera de bajarle el perfil a la manifestación, mientras se posaba de demócrata y de ecuánime.
    El Espectador la apoyó en un comienzo para luego reducir la convocatoria solamente contra el paramilitarismo, como si los crímenes de Estado no existieran. Esta actitud fue transversal a la prensa oficial que considera la crítica a las instituciones como un acto de alta traición, actitud propia de un régimen que vive un proceso avanzado de fascistización. ¡Para demostrar su carácter “respetable”, hasta llegaron al patético extremo de sentirse obligados a defender la política de seguridad democrática y al presidente Uribe después de haber “apoyado” la convocatoria! Y lo hacen en el tono más rastrero que pueda imaginarse:
Quien haya leído de buena fe —y comprendido— los editoriales de El Espectador de los últimos años sabe bien —ya que también nos han querido graduar de manera gratuita como enemigos del Presidente de la República— del respaldo que hemos dado desde estas páginas a la política de seguridad democrática y a la Fuerza Pública. Cosa diferente es que pongamos un énfasis en la esencia democrática de dicha política como fundamento necesario para que sea efectiva y noble. En lo cual quizás algunos no coincidan, pero ciertamente sí el presidente Álvaro Uribe Vélez.[5]
    Es decir, apoyaban, al mismo tiempo que la convocatoria del 6 de Marzo, a la política que ha aumentado notablemente la cantidad de violaciones por parte del Estado y la cantidad de “falsos positivos”. Para semejante acto de alquimia política, ciertamente, debían transfigurar la convocatoria en una que no mencionara los crímenes de Estado. Y yendo aún más lejos en su actitud rastrera y cobarde, llegan a defender la figura de Uribe, con lo cual la farsa es absoluta – al ser este uno de los impulsores de los grupos paramilitares mediante las cooperativas CONVIVIR, a mediados de los ’90, que luego darían origen a las AUC. No había, en realidad, necesidad de caer tan bajo. Pero insistimos, esta clase de actitudes son sintomáticas de la presión que desde los medios se ejerce para buscar manufacturar un consenso monolítico detrás de las clases dominantes y de su estrategia militar y política.
    Mientras tanto, por cada artículo que aparecía apoyando la marcha, o por cada tibia editorial de apoyo, aparecían diez artículos que, con espuma en la boca, atacaban el sentido de la marcha y a sus organizadores.
    Podríamos decir que el rol de los medios antes de la marcha fue de buscar distorsionar la convocatoria una vez que no pudieron evitarla: se pronunciaban contra la violencia, esa violencia de sustancia etérea, sin ser capaces de ponerle nombre y apellido; se cuestionaban a los “actores ilegales”, como si los actores legales no practicaran el terrorismo, como si el Estado fuera una entidad más allá del bien y del mal. Otros fueron aún más lejos y quisieron centrarse nuevamente, de manera exclusiva y excluyente, en las violaciones de las FARC-EP y en la situación de los secuestrados.
    El Polo, que no tuvo pelos en la lengua para criticar a las FARC-EP el 4 de Febrero, se mostró esta vez extremadamente reticente a nombrar con igual claridad al Estado como un violador sistemático de derechos humanos en Colombia. Mal por ellos: esa falta de claridad refleja su inmadurez política y su oportunismo. Samuel Moreno, en tanto, no tuvo el valor para suspender las clases en esta ocasión.
    Y pese a estas vacilaciones, pese a la oposición del gobierno, pese a las mil y una dificultades, pese a la campaña velada de la prensa contra la manifestación, el pueblo colombiano se expresó en una hermosa jornada que demostró su porfiada voluntad de vivir, y de vivir dignamente, libremente, mientras desde arriba se le quiere imponer el silencio o la muerte. Este 6 de Marzo fue un bravísimo acto de reafirmación popular.
 

El 6 de Marzo: ni miedo ni silencio


    La marcha del 6 no fue una marcha excluyente: pese a que su convocatoria era clara, no se le negó espacio a ninguna víctima, no buscó contribuir a la polarización, todo el mundo pudo expresar su opinión sin que se viniera a censurar, a decir que esta marcha es mía y no tuya, que de estas víctimas no se puede hablar... Esto fue así tanto en Colombia como en todos los países donde hubo manifestaciones.
    Nosotros teníamos claro que la jornada no era sencillamente una copia inversa de lo que se hizo el 4 de febrero; aquí aparecieron distintas voces de las víctimas. Esto fue un tributo a las víctimas que comenzó como idea del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE) y desde ahí prendió a todas las agrupaciones de víctimas. Desde las víctimas, el mensaje primordial fue un “No Más” a los paramilitares y al Estado, aunque también se planteó a todos los actores armados, incluida la insurgencia, la necesidad de humanizar el conflicto y de no castigar a la población civil. Los familiares de los secuestrados se unieron con los desplazados, con los desparecidos, con los torturados.
    Pero lo que la hizo en realidad cualitativamente distinta fue su carácter de propuesta. A diferencia del 4 de febrero, acá el énfasis, desde las víctimas, era por justicia social y paz como el objetivo a largo aliento, pero en lo inmediato, por el Canje Humanitario y la Solución Política y Negociada al Conflicto.
    Su mensaje fue categórico y debe haber caído como un balde de agua fría a quienes desde los medios y desde el gobierno atizan la guerra, la violencia política y buscan manufacturar este consenso en torno a la figura Sacrosanta de Uribe Vélez. Con esta marcha quedaba claro que esa unanimidad, que ese consenso que se inventan con encuestas parciales que publican hasta el cansancio, no es tal [6]. Que ese consenso manufacturado no es tan fuerte como se quiere hacer creer.
    Quizás por esto mismo, es que al día siguiente, la misma prensa que le daba su apoyo con todo número de “peros”, cubría parcialmente los hechos de la marcha. Enfatizaba una gresca cerca de la Plaza Bolívar, mientras que incidentes similares el día 4 de febrero ni siquiera los cubrieron. Comenzaron, en sus informes, denunciando a los insurgentes y minimizando las menciones al Estado (“a ciertos elementos del Estado” fue lo más que se atrevieron a decir) y al paramilitarismo. Una primera nota de prensa de El Tiempo patéticamente intentaba ocultar el carácter indiscutiblemente de masas de la convocatoria mintiendo deliberadamente, y hablando de 40.000 manifestantes en el centro de Bogotá (!). Criticaban la “politización” porque gente gritaba consignas contra Uribe –y sin embargo, estos mismos medios no dijeron nada cuando otros gritaban a favor de Uribe el 4 de febrero, como si gritar a favor fuera menos “politizado” que gritar en contra.
    Parece que a los medios, que intentan contra viento y marea dar la imagen de un consenso absoluto en torno a la figura de Uribe, les pareció particularmente incómodo que se cuestionara al “Gran Líder” de manera masiva con la manifestación. Pero era imposible que Uribe no saliera al baile el 6 de marzo. Hablar de los desplazados sin hablar de la seguridad democrática es imposible; y a su vez, hablar de la seguridad democrática sin hablar de Uribe es como hablar de la Iglesia Católica sin mencionar al Papa. No se puede. Por tanto, si se va a hablar del paramilitarismo y del terrorismo de Estado es natural que se toque la figura de Uribe que ha estado en el centro de estos fenómenos por décadas.
    Así las cosas, el mensaje al final del día fue un mensaje claro y si el gobierno de Uribe quiere hacerse el distraído, pues bien, pueden hacerlo. Después de todo, el Estado colombiano se ha caracterizado históricamente por su autismo, que le hace impermeable a las demandas populares. Pero el mensaje desde las víctimas fue elocuente y dice, más allá de los mensajes específicos de denuncia y propuesta, que el pueblo colombiano se niega a ser espectador pasivo del conflicto y que tiene sus manos dispuestas para la construcción de un mejor destino.

La revancha de los paramilitares

 

    Así como podemos decir que los medios se tomaron su revancha contra el pueblo colombiano con su mediocre cobertura de los hechos, también era de esperarse la respuesta vindicativa del paramilitarismo, la cual no tardó en llegar de mano de las nuevas encarnaciones del paramilitarismo, las “Águilas Negras” y “Nueva Generación”.
    Ya antes de la marcha, se supo de amenazas individuales y colectivas que llegaron a materializarse en atentados contra algunos de los organizadores. El día 29 de Febrero la organizadora de la marcha en Pereira, Luz Adriana González, fue atacada a tiros en las afueras de su residencia, ataque del cual salvó milagrosamente ilesa. Otro atentado similar, posterior a la marcha, sufrió el dirigente del sindicato de empleados bancarios de Bucaramanga (UNEB), Rafael Boada, quien el 7 de marzo fue víctima de disparos por parte de individuos que se desplazaban en motocicleta, que afortunadamente, no hicieron más daño que al parabrisas de su automóvil. Organizadores de la marcha, como Darío Tote (Cauca), Ingrid Vergara Chávez y Pedro Geney (Sucre) [7], Guillermo Castaño (Pereira, Risaralda), Antonio Pedrozo (Tolima) [8], Silsa Arias (Bogotá) [9] son algunos de los más de 50 que han recibido amenazas por parte del paramilitarismo, que en su desquiciamiento asesino y con la prepotencia que le otorga el contar con amigos poderosos, han llegado a amenazar, inclusive, a ocho embajadas (Suecia, España, Canadá, Noruega, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina) [10].
    En cuanto a las amenazas colectivas, destacan las denuncias recibidas por el pueblo indio Awá de Nariño [11] y por los residentes del barrio 8 de Marzo en Medellín, quienes recibieron amenazas de grupos paramilitares con el fin de amedrentarles e impedir de tal manera que aquel día pudieran salir a marchar. Denuncias semejantes de amenazas se vivieron en Caquetá y otros rincones de Colombia, que ciertamente, evitaron de antemano una presencia aún más masiva en las manifestaciones. Estas amenazas ocurrían en momentos que los principales diarios nacionales le bajaban el perfil al paramilitarismo, como que fuera un fenómeno del pasado, como que ya se hubieran desmovilizado, con lo cual buscaban desinflar la movilización.
    Pero no podían los paramilitares contentarse solamente con las amenazas, y menos aún, después de la masiva concurrencia a las marchas. El rol del paramilitarismo no ha sido solamente el “terrorismo” (que en estricto rigor, y más allá de las definiciones “a la medida de Washington” que nos quieran vender los medios, quiere decir el acto de infundir terror en el adversario con acciones que tienen un efecto mucho más psicológico que material), sino que ha sido, abiertamente, la eliminación física de las personas “molestas” a un sistema político y económico en manos de un club de gomelos, gamonales y familias “bien”.
    “Consecuentes” con su rol histórico, el paramilitarismo procedió a aquello que es su verdadera vocación: el asesinato cobarde, vil y alevoso de trabajadores, campesinos y gente del pueblo conciente. Las víctimas se sucedieron una tras otra: Carmen Cecilia Carvajal, docente, afiliada al sindicato ASINORT, asesinada el 4 de Marzo en Ocaña (Norte de Santander); Leonidas Gómez, del sindicato de empleados bancarios (UNEB), asesinado el día 5 de Marzo en Bogotá (Cundinamarca); Gildardo Antonio Gómez, docente afiliado a ADIDA, asesinado el día 7 de Marzo, apuñalado en pleno centro de Medellín (Antioquia); Carlos Burbano, afiliado al sindicato de trabajadores de hospitales (ANTHOC), secuestrado el 9 de Marzo, aparece muerto el día 11 de Marzo, en San Vicente del Caguán (Caquetá), su cadáver botado en un vertedero municipal y con su rostro desfigurado por ácido y su cuerpo lacerado por signos de tortura [12].
    Estos asesinatos nos hieren en lo más profundo, porque ponen una nota de gran amargura en momentos en que aún festejábamos el triunfo sobre la cultura de la muerte impuesta desde las clases dominantes que marcaba el 6 de Marzo. Y queremos que quede claro que acá no hay responsabilidades solamente de los paramilitares: acá hay responsabilidades políticas mucho más profundas. El MOVICE señaló claramente la responsabilidad del asesor presidencial José Obdulio Gaviria, quien antes de la marcha, había indicado, sin ningún argumento de peso, que esta manifestación era organizada por las FARC-EP. Esta declaración irresponsable, que en ningún momento fue rectificada, contribuyó a poner a los organizadores de la manifestación, aún de manera más patente, en la mira de las agrupaciones paramilitares. Esta declaración fue una carta blanca para el asesinato político. El MOVICE está exigiendo, junto a una serie de organizaciones sociales, la destitución de Gaviria [13].
    Pero creemos que aquí no solamente José Obdulio Gaviria tiene una responsabilidad. Claramente, el presidente Álvaro Uribe Vélez tiene una cuota de responsabilidad política enorme en estos sucesos: sin necesidad de remitirnos al historial de vínculos de Uribe con el paramilitarismo, sencillamente, cabe decir que la Ley de Justicia y Paz [14] ha invisibilizado el problema del paramilitarismo en Colombia, negando su existencia, pese a la amplia evidencia que demuestra que el paramilitarismo es un fenómeno que se mantiene intacto –y como demuestra la revancha que se tomaron después del 6 de Marzo, mantiene su capacidad de asesinar impunemente a los sectores populares.
    Y es necesario recordar que el fenómeno del paramilitarismo no se trata, simplemente, de grupos ilegales, al margen de la ley: la imbricación del paramilitarismo con las instituciones del Estado colombiano es sorprendente, como lo demuestran los 65 parlamentarios involucrados en el caso de la “para-política” (23 de los cuales ya tienen condena) y el caso de Jorge Noguera, ex-director del Departamento Administrativo de Seguridad, quien entregaba servicios, desde el gobierno, al paramilitarismo [15].
    Estos asesinatos lo que hacen es demostrar la farsa que se esconde, no solamente detrás de las supuestas desmovilizaciones del paramilitarismo, sino que también la farsa del supuesto “éxito” de la mal llamada política de Seguridad Democrática, los cuales fueron aplaudidos por Condolezza Rice durante su reciente visita a Colombia. Como decíamos en una declaración recientemente:
Si el gobierno de Uribe ha sido tan exitoso en su lucha contra el “terrorismo” como quiere hacer creer al mundo: ¿por qué no para la masacre de sindicalistas, defensores de derechos humanos, campesinos y dirigentes sociales? Si, como ellos dicen, han podido contener a los grupos insurgentes ¿por qué se muestran impotentes para evitar los crímenes de las bandas paramilitares? ¿Debiéramos suponer tolerancia o connivencia con ellos? [16].

    Las respuestas a estas preguntas son evidentes. Pero dejamos que cada lector se haga de su propia opinión.
 

¿Paz con Justicia Social o Paz de los Cementerios?


    Ha sido un largo camino el recorrido del 4 de Febrero al 6 de Marzo, recorrido en el cual se han invocado los más espantosos espectros de la realidad colombiana. Lo que queda por delante es una tarea ardua: ciertamente, la persistencia del conflicto prolongado, así como la enorme presión puesta sobre la población con la implementación del Plan Colombia, que con sus dólares militariza, fumiga, desplaza, mutila, etc. significa que el momento es de mucha dificultad hacia los sectores populares, los cuales cada vez ven más limitados sus espacios de expresión, asociación y participación. Y los cuales siguen siendo presa para los sicarios del paramilitarismo que se mantienen en su tarea de “limpieza política” mediante el plomo.
    La polarización social estimulada por la política de Seguridad Democrática, los planes de “colaboración” cívico-militares, el recurso a la guerra sucia por parte del Estado y de los órganos paramilitares vinculados a éste, así como el macartismo y el estado de proto-fascistización del país, que pone a cualquier disidente en riesgo de ser acusado del temido “delito de rebelión”, contribuyen a las dificultades que enfrenta el mundo popular para encontrar una voz propia en un conflicto en el cual, desde el poder, se pretende instalar una lógica maniqueísta.
    Y no está de más traer a colación, una vez más, que este mundo popular se encuentra enfrentado no solamente a su propia clase dominante, sino que se enfrenta, a la vez, a todo el peso del imperialismo norteamericano en la región. Porque la dominación de Colombia y su sometimiento a los dictados de Washington es un factor de importancia geoestratégica de primero orden para los EEUU, sobre todo cuando está frente a una América Latina que se le escapa del control absoluto y que presenta situaciones “problemáticas” para su hegemonía hemisférica [17]. En realidad, Uribe es solamente el títere de Bush, no hay nada de original en su política -solamente ha adaptado la antigua Doctrina de Seguridad Nacional a los requerimientos impuestos por la era de la “Guerra contra el Terrorismo”. La política de Uribe fue diseñada en la Casa Blanca con el Plan Colombia y desde ahí ha sido financiada (más de U$5.000.000 desde el ’98). Sin este apoyo político, logístico, militar, económico y diplomático, Uribe no es nada.
    Por esta razón, no es casual que el conflicto esté crecientemente pasando a una escala regional, como quedó de manifiesto después del bombardeo a un campamento insurgente en suelo ecuatoriano el 1º de Marzo, ni es causal que involucre no solamente a los países vecinos, sino que a toda la región –es toda una estrategia de dominación la que está en juego. Y el cuco de las FARC-EP, mientras tanto, puede convertirse en el Al-Qaeda latinoamericano. Al menos, los ingredientes principales ya están echados a la olla desde la propaganda belicista del uribismo: redes internacionales [18] y armas de destrucción masiva [19].
    Colombia está en una encrucijada: o soluciona el conflicto de acuerdo a los intereses de los sectores populares (los cuales desde las organizaciones campesinas, sindicales, indígenas, de víctimas, etc. buscan abrirse un espacio) o se convierte en un enclave imperialista tal cual Puerto Rico en el Caribe o Israel en Medio Oriente. Aquí no hay medias tintas y los sectores populares deben estar muy claros de la gravedad e importancia de la presente encrucijada para todo el continente.
    Y creo, personalmente, que para poder avanzar hacia la posibilidad de solucionar el conflicto armado en beneficio de los sectores populares, hay que romper necesariamente con algunos de los mitos que infestan toda la discusión de las alternativas desde el pueblo. El mito del Estado sacrosanto, situado más allá del bien y el mal, como si se tratase de un espacio inmaculado, donde la institucionalidad es perfecta, pero donde lo que fallan son ciertas ovejas negras. El mito, ligado al anterior, de la Ley al margen del conflicto social de clases. El suponer que hay una ley que se instala sobre las contradicciones de la sociedad y más allá de los intereses específicos de los grupos de poder, reduce el conflicto a un asunto entre los garantes de la ley y el orden y los ilegales, o los actores “al margen de la ley”. Ignorando que sectores legales (el Ejército) y sectores ilegales (el paramilitarismo) han colaborado estrechamente en cuidar los intereses de un sector muy específico de la sociedad colombiana, que son sus clases dominantes (ganaderos, terratenientes, empresarios) que detentan el control del aparato burocrático del Estado –por la fuerza- así como el control de la vida económica de Colombia. Solamente cuando se comprenda el alcance real que estos mitos tienen en el desarrollo de un proyecto alternativo, de base, libertario y popular, y cuando el movimiento popular sea capaz de plasmar esta comprensión en un programa real, podremos decir que se estará avanzando hacia una paz duradera, sostenible y pletórica de significado.
    No podemos permitir que la burguesía, los terratenientes, los oligarcas, los amigos de Washington se arroguen el derecho a “hablar de paz”. La paz en boca de estos personajes huele a podrido, huele, de hecho, a muerte. Ellos claro que quieren la paz, pero ¿qué paz? Una paz donde sólo ellos tengan la sartén por el mango, donde puedan explotar a un pueblo sumiso y manso que calle y se conforme con una miga de pan. Nosotros sí queremos la paz, pero una paz verdadera, no la paz de los cementerios, no la paz de los resignados, no la paz de los que toleran la injusticia y la explotación sin abrir la boca. Por eso hablamos de paz con justicia social y no de paz a secas. Pues hablar de paz a secas es el discurso de los tiranos y de los opresores: es la paz que solamente cuestiona la protesta de los oprimidos para así legitimar un orden de cosas injusto.
    Ese día 6 de Marzo fuimos millones los que marchamos. Ahora sabemos con certeza que hay fuerza humana para desarrollar, desde abajo, un proyecto alternativo al que se quiere imponer desde arriba y desde el frío país del norte.
 

27 marzo 2008

José Antonio Gutiérrez D.

 


NOTAS


[1] Se estiman unos tres millones, aunque los medios serviles al régimen de Uribe, como era de esperar, inflaron a cuatro millones la marcha del 04/02 y bajaron a un millón la del 06/03. Aunque insistimos, lo de los números es lo de menos.

[2] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=7566

[3] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=7564

[4] “Las víctimas a las que se quiere hacer un Acto de Homenaje son sujetos de otra sensibilidad, que interactúa con esa sensibilidades mediáticas, pero que se expresan de otro modo, en rituales que no son masivos, que no pueden serlo porque hablan de lo que nadie quiere ver, de lo que no se ha aprendido a percibir, por que dicen de lo que nadie quiere creer, a pesar de las pruebas, a pesar de la realidad misma, a pesar de que incluso se es o se ha sido víctima: el terror del Estado.” (Op. cit.)

[5] http://www.elespectador.com/opinion/editorial/articulo-manipulacion-de-un-editorial

[6] Encuestas que se fundamentan en entrevistar a 1.000 personas en las cuatro ciudades principales (Cali, Bogotá, Medellín y Barranquilla), las cuales son plazas fuertes del uribismo, y en las cuales las cifras alucinatorias de apoyo no bajan del 80%. Estas encuestas son otra pieza más del rompecabezas de la opresión, que busca marginar a la oposición y desplazar cualquier posibilidad de crítica a Uribe como un acto contrario a la razón y la voluntad “del pueblo”. Aunque como decían por ahí, al ritmo que van matando gente, es muy probable que en una década la aprobación de Uribe llegue al 100% -todos los demás ya serán “falsos positivos”...

[7] http://www.fidh.org/spip.php?article5365

[8] http://www.movimientodevictimas.org/node/618

[9] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=8036

[10] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-ocho-embajadas-denuncian-amenazas-de-aguilas-negras

[11] http://www.onic.org.co/actualidad.shtml?x=20192

[12] http://www.colombiasolidarity.org.uk/content/view/145/45/; http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-cuatro-lideres-sociales-han-muerto-despues-de-marcha-del-6m

[13] http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-cuatro-lideres-sociales-han-muerto-despues-de-marcha-del-6m

[14] Ley con la que supuestamente se desmovilizaron los paramilitares en Colombia. Oficialmente, los últimos paramilitares de las AUC se desmovilizaron a comienzos del 2006. Sin embargo, esta ley ha sido ampliamente criticada como una manera de dar una amnistía a paramilitares que, en la gran mayoría de los casos, han seguido manteniendo sus estructuras y siguen operando.

[15] http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/marajimenaduzn/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3943737.html

[16] http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=7982

[17] Que van desde la presencia de regímenes populistas y la proliferación de movimientos de inspiración revolucionaria de nuevo cuño, hasta el declive del Consenso de Washington y la mayor presencia económica y política de otras potencias en condiciones de disputar la hegemonía yanqui, como son China y la Unión Europea.

[18] La excusa de redes internacionales de las FARC-EP ya se ha utilizado como una carta bajo la manga para reprimir y perseguir a los sectores de izquierda al menos en México, Costa Rica y Perú.

[19] Las famosas barras de Uranio empobrecido que se atribuyeron a las FARC-EP. Esto ha sido completamente desacreditado, y solamente una prensa tan despreocupada de establecer la verdad o de indagar en los hechos, como es la colombiana, puede darle crédito, empeñada como está en su cruzada por machacar el maniqueísmo del bien absoluto representado en Uribe y el mal absoluto representado en la insurgencia. Tales noticias no son más que un nuevo capítulo en la propaganda de guerra del gobierno, donde los hechos ya no cuentan para nada.

 


(( Reproducimos el texto aparecido en la página web de "Anarkismo.net" con fecha 30 marzo 2008: http://www.anarkismo.net/newswire.php?story_id=8467 ))

 



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por: José Antonio Gutiérrez D.