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¿De qué lado está Sarmiento?
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por Silvia Guiard
Como es sabido, el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, ha impuesto en las escuelas la obligación de entonar, en cada uno de los actos escolares y a continuación del Himno Nacional, el Himno a Sarmiento.
Su ministro de Educación, Mariano Narodowsky, lanzó por su parte en septiembre el inefable concurso: “El Sarmiento de mi escuela” (véase www.buenosaires.edu.ar)
En contraposición con esto, y en el marco del actual conflicto docente, el 23 de octubre de este año [2008] apareció en Página 12 una nota de Pablo Pineau (profesor de UBA y de ENS Nº 2 Mariano Acosta y presidente de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación), titulado “¿Qué diría Sarmiento?”. En dicho texto, que circuló también por correo electrónico difundido por el gremio docente mayoritario, la UTE (CTERA), Pineau dice que la “figura de Sarmiento, una de las más controvertidas de nuestra historia, concita siempre un acuerdo básico: su lucha por la educación masiva” y contrapone su figura a la política del actual gobierno de la ciudad, recordando que aquél apoyó públicamente la primera huelga docente por un reclamo salarial, ocurrida en la provincia de San Luis en 1888. Recordar este hecho puede ser oportuno, y justa en este sentido la contraposición Sarmiento-Macri. Y sin embargo ¿no es un arma de doble filo valernos de Sarmiento? ¿No hay una coherencia más profunda en la reivindicación que del mismo hace Macri? Por otro lado, resulta bastante evidente que, salvo escasas excepciones, la obligación de entonar el himno en su homenaje no suscitó en las escuelas más que una aceptación mecánica e indiferente, propia de un sistema educativo que sigue siendo constitucionalmente burocrático. ¿No merece todo esto otras reflexiones?
Estas circunstancias y preguntas me invitaron a rescatar del fondo de algún cajón el texto que se reproduce a continuación. El mismo fue escrito en 1987 para ser leído en una mesa redonda organizada por la Comisión de Derechos Humanos de la Unión de Maestros Primarios (hoy UTE), mesa en la que intervine como miembro de la Comisión convocante. Fue coordinada por la entonces Secretaria de Acción Social y DDHH de la UMP, Edit Marinozzi y participaron en ella: un representante de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre; Adriana Calvo, por la Asociación de ex Detenidos y Desaparecidos; Catalina Guagnini, por la Comisión de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas y Gremiales; y Hebe de Bonafini, por las Madres de Plaza de Mayo. Por invitación de esta última, quien manifestó especial interés por el contenido de este texto, se repitió su lectura en la Plaza de Mayo el jueves 10 de septiembre de ese año, en el marco de la habitual ronda de las Madres.
Buenos Aires, noviembre 2008
Silvia Guiard
(Maestra de grado y bibliotecaria escolar)
Los símbolos que nuestros opresores han elegido
no pueden ser los nuestros
Sarmiento, ideólogo del genocidio
La comisión de Derechos Humanos de la Unión de Maestros Primarios ha planificado una serie de actividades con la intención de consagrar la tradicional fecha del “Día del Maestro” a la memoria y el compromiso militante con los 600 docentes desaparecidos. Resulta por lo tanto ineludible señalar una contradicción, a mis ojos evidente, entre estas actividades y la fecha que las enmarca.
Una de las tareas que, como educadores, se nos plantea más cotidianamente en nuestra lucha por los derechos humanos, es mantener viva la memoria y denuncia de las atrocidades recientemente cometidas, oponiéndonos a todo intento de legitimarlas o cubrirlas con un manto de olvido. La “reivindicación histórica” que hoy reclaman las Fuerzas Armadas implicaría que, más tarde o mas temprano, nuestros torturadores apareciesen en los manuales como héroes y nuestros compañeros, como delincuentes. Es obvio que la misma tarea se nos impone ante hechos igualmente atroces pero menos recientes que ya aparecen en la historia que se pretende que enseñemos —en los textos, fiestas e himnos escolares— con el signo invertido. Porque el genocidio tiene aquí una larga tradición.
Su historia comienza con la conquista, es decir, la expansión colonialista europea y la consolidación mundial del capitalismo: gigantesca empresa criminal a escala planetaria, basada en el saqueo, el sometimiento y la aniquilación de comunidades o civilizaciones enteras que, en la colonización de nuestro continente, hizo sentir todo su peso tanto en el exterminio de los pueblos indios como en la esclavización de las razas africanas. Víctimas de este proceso en nuestro territorio, los indios querandíes son, entre tantos otros, los primeros desaparecidos de nuestra historia.
Pero esta obra recién iba a consumarse aquí a fines del siglo XIX, con la llamada “conquista del desierto”, nueva empresa genocida planificada y ejecutada esta vez en nombre de la Nación Argentina. A partir de ella, una vez expropiadas y repartidas entre unos pocos particulares nativos y extranjeros las tierras de los indios, se consolida definitivamente el poder de las clases dominantes: la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial, directamente al servicio de los intereses imperialistas. Es decir, se consolidan el modelo capitalista dependiente y el estado burgués con todas sus instituciones. En particular, el ejército moderno, hijo de Roca, que se formó aplicando desde su origen los mismos métodos criminales de saqueo, asesinato a mansalva, disolución de familias, tortura y secuestro de hombres, mujeres y niños (repartidos en servidumbre entre las familias de la oligarquía) que, cien años más tarde, costaron la vida a tantos compañeros.
La contradicción, entonces, que nos plantea el “Día del Maestro”, es que uno de los ideólogos más destacados de ese proceso genocida fue precisamente Domingo Faustino Sarmiento. Él fue el máximo difusor en nuestro país del positivismo y de la adaptación del evolucionismo darwinista a la teoría social. Y tales ideas le permitieron justificar racional, histórica y moralmente el exterminio en nombre de la implacable divinidad de los tiempos modernos: el Progreso.
Fue Sarmiento quien, en contraposición con las ideas de la generación de Moreno, se encargó de la “reivindicación histórica” de lo actuado por los conquistadores españoles, estableciendo así un nexo ideológico entre aquel genocidio y el que iba a llevar a cabo su propia generación. Leamos algunos fragmentos de su pensamiento, escritos durante su exilio en Chile y que figuran en el tomo II de sus Obras Completas:
“Porque es preciso que seamos justos con los españoles; al exterminar a un pueblo salvaje, cuyo territorio iban a ocupar, hacían simplemente los que todos los pueblos civilizados hacen con los salvajes (…) Puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes, conquistar pueblos que están en posesión de terreno privilegiado, pero gracias a estas injusticias, la América, en lugar de permanecer abandonada a los salvajes, incapaces de progreso, está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las que pueblan la tierra (…) las razas fuertes exterminan a las débiles, los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes: esto es providencial y útil, sublime y grande.”
“Sobre todo quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invencible repugnancia, y para nosotros, Colocolo, Lautaro y Caupolicán no son más que unos indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar y mandaríamos a colgar ahora, si reapareciesen en una guerra de los araucanos contra Chile, que nada tiene que ver con esa canalla.”[1]
Uno podría en verdad sorprenderse de que el liberal Sarmiento, el de “las ideas no se matan”, se exprese como un nazi recalcitrante, y que adelante incluso tan literalmente el programa de Hitler. Pero debemos más bien sacar la conclusión de que ese racismo exterminador forma parte de la lógica interna propia del capitalismo, con la que este actúa y actuó desde su origen aun si, para oponerse al régimen social anterior, la burguesía en ascenso tuvo necesidad de proclamar en un momento los Derechos del Hombre. Pero mal podía y puede defender los derechos humanos un régimen que coloca el derecho a la propiedad y a la ganancia de unos pocos por encima del derecho a la vida y a la dignidad de los más; y esta lógica la han padecido implacablemente desde el primer indio americano o el primer aborigen australiano sometido por los europeos hasta el último de los mineros sudafricanos recientemente asesinados en nombre de los intereses de la Anglo American Corporation. El fascismo no es sino la expresión más franca, más concentrada y más brutal del liberalismo capitalista, a la que recurren las clases dominantes cuando más álgidamente se les plantea la lucha por mantener o acrecentar su poder. Ese era el caso en 1976, cuando la crisis mundial del capitalismo exigía que se doblegase a un pueblo por medio del terror para imponerle una brutal profundización del sometimiento y la dependencia. Y lo era también en el siglo XIX, cuando la expansión del mercado mundial requería, no sólo incorporar definitivamente el territorio ocupado por los indios al modo de propiedad y producción capitalista, sino también disciplinar y convertir por la fuerza en trabajador asalariado tanto al indio como al gaucho. Escribe Sarmiento en Facundo: “Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aún por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido”. Lo que Sarmiento llama “ociosidad” es claramente la satisfacción de las necesidades mediante una actividad desvinculada del mercado, y por otra parte apasionante, como pudo haber sido, por ejemplo, en la economía pampeana o patagónica original, la caza del guanaco. Y lo que llama “trabajo duro y seguido” es el esforzado y tedioso trabajo en beneficio de otro que padecemos hoy. La “ociosidad” que se le reprochaba al indio equivale a la “vagancia” que se le reprochaba al gaucho, y demuestra la obsesión de la naciente clase capitalista argentina por poner compulsivamente a todo el mundo a trabajar a su servicio. En este sentido, no sólo resultaba intolerable que un indio del desierto pudiese tener una vida más larga, más sana y más feliz que, por ejemplo, un explotado minero inglés contemporáneo suyo [2], sino también que el gaucho, constantemente perseguido por los Jueces de Paz, incorporado por la fuerza a la milicia, enviado a la frontera y estaqueado por sus jefes, pudiese encontrar en las tolderías una permanente tentación de libertad y un refugio contra un sistema que lo hostigaba cada vez más [3]. Pocos habrán sufrido tanta difamación como esos “cristianos refugiados” en los toldos, que no aparecen en los manuales de historia sino como salteadores y bandidos de la peor especie, pero basta leer los testimonios consignados por Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles para entender de qué se trataba.
Sarmiento propició la persecución y el exterminio del gauchaje no menos que el del indio. Es conocida su carta a Mitre: “No intente economizar sangre de gaucho. Este es un buen abono que conviene hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos” [4]. Se conoce también su complicidad con la guerra del Paraguay, iniciada por Mitre y que él continuó bajo su presidencia, y cuyas consecuencias fueron el enriquecimiento de la burguesía porteña mediante la especulación, el endeudamiento feroz de la nación en beneficio de la banca inglesa, la destrucción del único intento de desarrollo independiente de América Latina y, sobre todo, el brutal genocidio del pueblo paraguayo y el sacrificio de los soldados argentinos, reclutados a punta de bayoneta y enviados por la fuerza a una guerra fratricida –carne de cañón inevitable de las veleidades de la clase dirigente, en quienes no podemos dejar de reconocer a los chicos del Chaco o de Formosa mandados recientemente a morir en las Malvinas.
Desde luego, no tengo la pretensión de considerar aquí la totalidad, sin duda compleja, del pensamiento y la obra de Sarmiento. Pero sí intento situarlo como el ideólogo de una clase social determinada, que orientó y participó activamente en el disciplinamiento social que dicha clase llevó adelante a sangre y fuego [5]. Y situarlo, sobre todo, como el instigador de la “solución final” para el “problema indígena” [6], solución que, más allá de sus posteriores cuestionamientos al roquismo, aplaudió con entusiasmo cuando estuvo concluida: “Harto conocimos a Calfucurá, a Catriel, a Manuel Grande y a otros jefes araucanos, el terror de nuestras fronteras, hasta que una por todas se resolvieron nuestros gobernantes a destruirlos”. [7]
En un folleto explicativo de la obra histórico-musical La retreta del desierto, editada por el Círculo Militar en 1966 y “generosamente” obsequiada a una escuela municipal, leemos el siguiente párrafo:
“Diagonalmente se oponen dos mundos, dos sistemas de vida. Hacia el sudoeste avanza la cruzada de la civilización y de la fe. Es una columna franca, airosa, marcial, y cada hombre, con la frente erguida, se siente depositario de una inmensa responsabilidad: son portadores del signo de la cruz, del lábaro inmortal y de la antorcha del progreso. Del otro lado, los aguarda el bárbaro, en el acecho, en la celada, en la alevosía de la sorpresa, para librar su última batalla antes de que el alarido, el malón y la toldería sean confinados para siempre en la noche de los tiempos”.
Allí están entonces: la “fe” y el “signo de la cruz” de los conquistadores junto con la “civilización” y “la antorcha del progreso” de los positivistas del '80, unidos para siempre en la defensa de un “sistema de vida”: el mismo que, con similar lenguaje, defendieron igual de “airosamente” los cruzados de 1976... ¿Es muy difícil ver de qué lado del cuadro está Sarmiento y de qué lado los 600 docentes desaparecidos?
En todas las épocas históricas hubo quienes hablaron en nombre de los opresores y quienes lo hicieron en nombre de los oprimidos y desposeídos. Semejante distinción la entendía muy bien, por ejemplo, el cacique Don Justo Coliqueo, quien parecía replicar punto por punto las palabras de Sarmiento cuando, en 1876, dirigiéndose a su hermano, reivindicaba la noble sangre de Caupolicán que llevaba en sus venas y el coraje de aquellos que habían preferido morir antes que “inclinar la frente y sucumbir al yugo del bárbaro cristiano” (sic). Y agregaba: “Nosotros nunca hemos atravesado los mares para invadir las tierras de los padres de estos perros cristianos. Nosotros no los hemos mandado llamar, ni deseamos sus costumbres corrompidas, sus deslealtades, pues nunca cumplen lo que prometen. Siempre faltan a la verdad. Si nosotros somos borrachos, ellos nos enseñaron a beber vino y grapa y a ser jugadores. (…) Hasta hoy son ellos los más crueles y bárbaros. Cuando asaltan una toldería de indios, no respetan ni a los niños inocentes. Ellos dicen que los invadimos, cuando es al contrario; son ellos quienes nos van quitando los únicos campos buenos que nos quedan.” [8]
Llegará el día en que, desde el otro lado de la historia, encontraremos los educadores un símbolo que represente más legítimamente que Sarmiento nuestras aspiraciones a la libertad y a la dignidad humanas: los símbolos que nuestros opresores han elegido no pueden ser los nuestros.
Buenos Aires, septiembre de 1988
Silvia Guiard
NOTAS
[1] Fragmentos citados por Milcíades Peña en Alberdi, Sarmiento, el 90, Buenos Aires, Fichas, 1973, pág. 71; por David Viñas en Indios, Ejército y fronteras, Buenos Aires, Siglo XXI, 1983, pág. 57 y por Liborio Justo en Pampas y lanzas, Buenos Aires, Palestra, 1962, pág, 169.
[2] Justo consigna (ob. cit., pág. 203) la preocupación del Dr. Orlandini, médico de la expedición del 79, por explicar fisiológicamente la longevidad y la mayor resistencia y vigor sexual del araucano.
[3] A partir del Bando de Oliden de 1815 todo individuo de la campaña sin propiedad ni papeleta de patrón, o que transitase sin licencia del Juez, era reputado “vago” y destinado al servicio de las armas u obligado a servir forzosamente a un patrón, por dos años la primera vez y por diez la segunda.
[4] Archivo del Gral. Mitre, t. XI, citado por Justo (ob. cit. Pág. 168).
[5] Incluso la Educación pública, pese a su carácter sin duda progresivo, formó parte de ese disciplinamiento social. Para entenderlo basta considerar la ideología que la ha orientado hasta la fecha.
[6] Cualquier maestro recordará el título “El problema del indio” que aparecía durante años en los manuales escolares para introducir el tema de la “conquista del desierto”.
[7] Obras Completas, t. XXXVII, citado por Viñas (ob. cit., pág. 56).
[8] P. Meinrado Hux, Coliqueo, el indio amigo de Los Toldos, Buenos Aires, EUDEBA, 1980, pág. 228.
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"¿De qué lado está Sarmiento?"
por: Silvia Guiard.
Domingo F. Sarmiento con ropa militar, en 1852.
Fuente: Wikipedia, donde se lee: "Daguerrotipo de Domingo Faustino Sarmiento de 1852, luego de la batalla de Caseros. Autor desconocido, el original se encuentra en el Museo Histórico Sarmiento (Argentina). Tomado de "La Fotografía en la Historia Argentina", Tomo I, Clarin, 2005.)"
Palacio Sarmiento (o Palacio Pizzurno), en Buenos Aires: sede del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación.