Actualización de esta página: 11/08/2011 Buenos Aires, Argentina.
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SdT — Cuéntanos, por favor, sobre tu infancia y juventud.
ALP— Nací en 1916 en Buenos Aires, en el barrio de Palermo, San Salvador 4171.
Allí vivimos hasta mis cuatro o cinco años. Mis primeros recuerdos son del
“campo”, que era entonces la ciudad de Banfield, donde con mis padres y mis dos
hermanos vivimos hasta mis ocho años, para estar más cerca de la Capital. Mi
padre, que había venido de Italia a los 12 años y era cortador sastre, debía
viajar hasta Constitución, y todavía tengo en mis oídos el rumor del calentador
Primus con el que se calentaba su desayuno. Allí tuve mis primeros juguetes, tan
distintos de los sorprendentes importados de China, que ahora prefieren los
chicos. Con mi hermana Amelia cruzábamos el cerco de unos vecinos que habían
plantado frutillas y las “robábamos” a la hora de la siesta, después de haber
saltado de la cama, donde mi mamá nos obligaba a dormir… Son recuerdos que
intenté expresar en “La casa de Azara y otros poemas”, librito publicado en
1994.
Regresamos a Buenos Aires al cumplir yo ocho años, pues era la edad en que se
ingresaba a la escuela primaria.
Recuerdo muchas cosas de ese tiempo, pero sobre todo de cuando íbamos a visitar
a mis tíos y abuelos, que vivían en el barrio de Belgrano, en una hermosa casa
que ocupa hoy la familia del único nieto, Enrique Banfi, médico psicoanalista y
artista plástico. Todo ahí me hace volver a días muy felices: la galería de
entrada, una gran sala donde se reunían las dos familias, el dormitorio, la
vieja cocina, el jardín y el fondo arbolado… Sigo viendo aquello en algunas
fotografías con mis padres y hermanos, Amelia y Alfredo. En una plaqueta que
titulé “Mendoza 2641”, de 1990, dije lo que sentía y todavía me parece tan vivo,
porque la casa sigue estando y las sensaciones también. Por esos años nos
habíamos mudado a una casa en Villa Crespo, donde ocupábamos unas habitaciones y
alquilábamos las demás, en la calle Lerma. (El poema “Lerma 526, del libro “De
ayeres y desmemorias”, de 1998, se refiere a esa época).
Los “inquilinos” siempre terminaban siendo amigos, y con uno de ellos fui a ver
años después algunos partidos de fútbol. En aquel tiempo era fácil encontrar
vivienda, y en la misma cuadra, entre Malabia y Acevedo, cambiamos tres veces de
casa, hasta ocupar una que fue sólo para nuestra familia. Durante este período
de adolescencia y juventud comencé a ver las películas más famosas en un cine
que estaba a dos cuadras de allí, el “Rialto”, sobre la calle Rivera, hoy
Córdoba. A veces revivo lo que hacía en el barrio, los juegos y partidos en la
calle, hasta alguna pelea y el miedo cuando nos corría un “vigilante a caballo”.
En 1932 ingresé al Colegio Nacional “Nicolás Avellaneda”, donde conocí a mi
primer gran amigo, Rafael Barnij, que estaba un año más adelantado. Escribía
poemas gauchescos y los recitaba. Nos vimos muchas veces desde entonces y nos
leíamos los “versos” que escribíamos. Nos encontrábamos en su casa de la calle
Jufré y hasta cantábamos letras de los tangos más populares. En la ciudad de
Santa Fe, donde pasó sus últimos años, lo visitamos y prolongamos la amistad con
sus hijos.
De ese tiempo también recuerdo que celebrábamos alegremente el Carnaval, y
disfrazados con otros chicos del barrio recorríamos los alrededores con una
“murga” muy precaria, cantando versos horribles para obtener algunas monedas…
Otras pruebas de mi audacia poética quedaron olvidadas en las páginas de una
revista estudiantil, “Ideas”, que todavía conservo por ser la primera que me
atreví a dirigir con dos compañeros del Colegio Avellaneda.
Después de vivir un largo tiempo en Palermo, recuerdo que ocupamos un
departamento en la calle Lavalleja 854, al fondo de un largo pasillo. Un día fui
a ver si todavía estaba el edificio… y una alta pared me mostró duramente otra
realidad… Siendo todavía muy joven, sin el conocimiento de cosas que no se
decían o no llegaba a comprender, perdí a mi madre, y años después, en noviembre
de 1937, luego de una larga enfermedad, falleció mi padre, que había sido
despedido de la Casa donde comprábamos nuestra ropa. Sin contar en aquellos años
con una indemnización, mi hermano mayor afrontó desde entonces el sostén de la
familia.
Al año siguiente ingresé a la Facultad de Medicina y me recibí de doctor en
Odontología en 1943. Mis deseos eran otros, porque me gustaba escribir y
dibujar, pero mi hermano me convenció de que hiciera esa carrera, que era más
“práctica” que la de Letras o Artes Plásticas. Y desde entonces hay otra
historia, otros recuerdos, y otro destino, quizás para nuevas preguntas.
SdT — ¿Cómo, por qué y cuándo empezaste a dejar que tus poemas surgiesen?
ALP — El tema poético, y cuándo empezó, es cosa difícil de contar. Si bien
siempre me gustó escribir, y en el Colegio hacía con alguna facilidad las
“composiciones” que me indicaban, sería muy pretencioso decir que escribía
poemas, o algo parecido. Como todos los chicos, leía a algunos clásicos
españoles, tenía que saber lo que pasaba en la literatura argentina y leer
algunas obras del siglo pasado y de la actualidad. De manera que no puedo decir
con exactitud cuándo empecé o dejé que “brotaran” esos poemas.
Hubo una época previa... con imitaciones, expresiones sentimentales, con un
aprendizaje elemental basado en ciertas preferencias literarias. Esto es muy
común y no hay autor o autora que no haya vivido tales experiencias. Después
suceden cosas reveladoras y que de algún modo provocan la necesidad de escribir
un poema.
Antes, los grandes maestros nos han ayudado a salir de lo peor que nos puede
suceder: creernos buenos, iluminados y superiores a los demás. En mi caso,
confieso que pequé en muchas oportunidades al publicar por mero gusto, por estar
con otros que lo hacían y de esta manera lograban hacerse conocer, por recibir
algún comentario u opinión, y porque parecería que se necesitara un halo
exterior, un halago, un apoyo público o compensación por el trabajo realizado.
Para responder a tu pregunta debería reconocer, en primer lugar, que en muchos
momentos, sin buscar nada, brotan o se acercan las palabras. Pero no hay un
nacimiento porque sí o sin razones. Tenemos encima la realidad, somos parte de
ella y por ella vamos, o nos extraviamos.
SdT — Tus poemas navegan por unos mares y no por otros. ¿Cuáles son unos y
otros?
ALP — Los mares a que te refieres no los he elegido casi nunca: me han llevado
a ellos todas las cosas que pasan y me pasan. Pero reconozco también que en
otras épocas tenía ideas muy equivocadas, como las que tienen tantos autores de
ahora sobre lo que hacen y creen que tienen necesidad de difundir, sin pensar en
los demás.
Hay grandes errores en nuestra individualidad, en el “yo” que tarda en llegar al
“nosotros” para escribir o pensar cualquier cosa. Uno de los peores males de
nuestra época, literariamente hablando, es la inmodestia, el autoritarismo
poético, la pompa que exhiben algunos creyendo que su papel en la sociedad es
superior al de otros por el hecho de escribir poesía. No han aprendido las
enseñanzas de esos enormes Maestros, como fueron para mí Juanele Ortiz, César
Vallejo, Jacobo Fijman, Roberto Juarroz, Raúl Gustavo Aguirre, Antonio Porchia y
tantos otros.
SdT — ¿Con qué poetas has tenido un diálogo vital y creativo, útil en el gran
sentido de la palabra?
ALP — Con algunos de los mencionados he tenido un diálogo creativo, como dices
en tu pregunta. Los conocí de cerca, hablé con ellos, leí su obra y escribí
muchos artículos sobre ellos, en libros o revistas literarias. Me refiero sobre
todo a Juanele, Porchia, Juarroz, Aguirre, y más cerca, los poetas amigos que
considero de mucho valor y honestidad, enseñando también ellos una lección de
poesía y vida humanamente profunda.
SdT — ¿Cuáles de tus poemas y colecciones propios son tus preferidos?
ALP — De todo lo que he escrito tengo preferencia por un libro que me “abrió” el
mundo latinoamericano: “Historias salvajes”, en 1976. Anteriormente había
publicado “A puertas abiertas”, de 1969, que distribuyó Editorial Losada gracias
a un queridísimo amigo, poeta y capitán de la marina mercante: Ariel Canzani D.
Y hay también otro libro que publicamos con Alba, “Poesía olvidada”, con textos
de muchos años escritos en pequeñas ediciones para los amigos. Y en estos días,
unos cuadernillos de “Miniletras”, en ediciones de 30 ejemplares para amigos,
con poemas míos y de Alba, Aguirre, Juarroz, Rubén Vela, Norberto Alessio,
Roberto Santoro, Fulvio Milano, Julio Cortázar, etc.
Cada libro tiene su historia y la publicación obedece a causas o impulsos
diversos, cosas inexplicables que con el tiempo pueden dar lugar al fracaso. No
hay autor que no se arrepienta de algo que ha escrito, pero tal vez así se van
yendo los errores y aparecen más claros después los verdaderos motivos para
hacer el libro. Entonces sí, se publica porque nuestras palabras no deben quedar
solas, se enriquecen con la comunicación y nos salvan un poco del aislamiento,
como si no hubiera otra cosa para pertenecer al mundo viviendo en la relación
más íntima.
SdT —
¿Hubo lecturas o quehaceres literarios, o poéticos, en el período entre tu
inicio en la profesión de odontología y tu primer libro publicado? Me refiero,
si no me equivoco, al período que va desde 1943-44 hasta 1960… ¿Es así? ¿Qué
recuerdos o experiencias son las más fuertes de ese período?
ALP — Para responder tendría que dividir en dos partes tu pregunta.
En la primera, durante el período inicial de mi profesión, las lecturas en
literatura no fueron tan frecuentes como después, ya en actividad y en una
situación más libre y favorable. Desde ese momento en adelante sólo puedo
señalar las breves aproximaciones al quehacer poético de nuestro país, las
distintas generaciones y los autores más nombrados, pero sin mayores
preferencias. Me había recibido y tenía que dedicarme a mi trabajo, para no
depender de la ayuda familiar. Sólo recuerdo algunas conferencias sobre los
temas que conocía un poco y algunos “ejercicios” sin importancia... Como no
podía comprarme el equipo dental para instalarme en alguna parte, empecé a
trabajar en un consultorio del Parque Chacabuco, acreditado y con mucha
clientela. El profesional que lo ofrecía en un aviso para colaborar con él, era
medio loco y bastante desprolijo para presentarse ante la gente. Me decía que él
iba a “gobernar”, y había guardado paquetes de alimentos en un baño, como
reserva por la situación social que se vivía... Fue durante la primera
presidencia de Perón (1944). Pero yo me reía después, sin que lo sospechara, y
atendía seriamente tres veces por semana su consultorio. Con lo que cobraba, sin
gasto alguno, podía solucionar mi problema de “recién recibido” y ninguna
posibilidad todavía de ejercer la profesión particular.
SdT — ¿Cómo conociste a Alba? ¿Cómo empezó esta relación que muchos conocemos
como fundamental en tu vida? ¿Qué lugar tiene Alba y, en general, la mujer o lo
femenino, en tu obra? ¿Cómo fueron los años siguientes, ya juntos?
ALP — Esto me lleva a los recuerdos o experiencias más fuertes del período, como
decís: mi casamiento con Alba (6 de abril de 1946) en Nueva Palmira. ¿Cómo la
conocí y cómo empezó esta relación? Ella escribió años después algo que lo
“explica” mucho mejor que si lo hiciera yo: “Los hilos /dispersos / desconocidos
/ insospechados /alguna vez / se juntan” (“Arenas movedizas”)... Si bien hubo
algunas manos que movieron esos hilos, cartas y poesía, fue por azar (palabra
que me gusta más que destino) que nos conocimos, viviendo en ciudades distintas
y con tareas muy diferentes, ella en Nueva Palmira dedicada a la docencia y
otras tareas culturales (entre ellas una serie de notas para los jóvenes y sus
primeros poemas en el periódico “Alas”, en 1939) y yo estudiando en Buenos Aires
sin tener aún muy claro lo que iba a hacer... Lo cierto es que aquellos “hilos
dispersos”, en los que no era ajena la poesía, se unieron y nos llevaron más
lejos de lo que podíamos esperar, a pesar de los lazos familiares y laborales
que ella mantenía en su ciudad. Durante los años previos a nuestro casamiento,
nos escribíamos mucho y cuando yo podía viajaba hasta allá, en una lancha que
hacía el recorrido Tigre-Carmelo. Un modesto micro nos acercaba en pocos minutos
a la “villa tranquila” que, según cuenta Alba, le asombró al trasladarse desde
Dolores, donde había nacido, con sus padres y hermanos. Habitaron una antigua
propiedad que pertenecía a una famosa Logia Masónica (lamentablemente
desaparecida) y a pocos metros Don Antonio, el padre de Alba –un ser
excepcional, de cultura poco común– había instalado un Hotel, donde ahora tiene
su sede el Club Nacional.
Mi relación con Alba fue fundamental en mi vida. Ella ha estado y seguirá
estando en todo lo que escribo, poemas, ensayos o lo que sea. No sé si habrá
otra forma de crecer, de fracasar menos y de hacer mejor las cosas, dentro del
quehacer literario o en la vida diaria. Creo con firmeza que antes “era” una
persona y desde entonces soy “otra”, espiritualmente hablando.
De la casa que ocupábamos al casarnos, muy cerca del Parque Chacabuco, nos
trasladamos a un departamento en la misma zona, donde instalé mi consultorio
propio, y el doctor que soñaba con reemplazar a Perón, al enterarse, me
“despidió”... En 1947 nació Ariel, fallecido en un trágico accidente junto a su
esposa, al poco tiempo de su casamiento (1979). Suceden después grandes e
intensas experiencias. Los nacimientos de Ada Cristina (1949) y ya en Castelar,
donde estamos desde 1951, de Ariana Gloria (1960). En la casa que alquilamos
vivía Mirco Repetto, un conocido y gran dibujante de la Editorial Dante
Quinterno. Toda una historia en mi profesión y la familia ya establecida,
estudios y mil quehaceres de Alba, viajes diarios al “Dispensario de Niños” de
Martínez, en el municipio de San Isidro, donde muchas veces escribía cuando no
tenía que atender.
SdT — ¿Qué balance podés hacer de aquellos primeros poemas y aquellos primeros
libros? ¿Qué rescatás de ellos, qué ves como límite o limitación en ellos?
ALP —
Rescato ahora algunas cosas que responden a tu pregunta: los primeros poemas y
los libros… Hubo intentos, limitaciones, ambiciones, como todos los que tenemos
alguna facilidad o disposición para la escritura. Es un ejercicio a veces
inconsciente, en el que surgen tendencias oscuras, formas de autoconocimiento y
adaptación al medio social.
SdT — Hay en tus poemas una permanente interrogación sobre la identidad, sobre
el poder decir, la interrogación existencial... ¿Cómo ves esto? ¿Qué cosas del
mundo y sus circunstancias sentís que tienen lugar principal en tus poemas?
ALP —
Tal vez sea cierto lo que decís al juzgar lo que escribo, algo así como una
«interrogación sobre la identidad». Yo agregaría: también sobre el medio
socio-cultural, sobre el mundo tal como es y se hace distinto, visto desde lo
que sabemos y lo que ignoramos. Todo importa y nada deja de causarnos dudas y
dificultades en esta ardua tarea creativa. Pero lo esencial es estar
“despierto”, como diría Roberto Juarroz.
SdT — Si tuvieras que elegir un puñado de poemas (o conjuntos) para recomendar
su lectura a lectores de toda condición, ¿cuáles elegirías de entre los poetas
de toda época y lugar, y cuáles entre los tuyos?
ALP —
En cuanto a los poemas o conjunto de poemas para recomendar, no me animo a dar
indicaciones amplias de cada época, pues todo depende de nuestra formación o las
influencias que tenemos o nos guían. En mi caso, a los ya mencionados Vallejo,
Juanele, Porchia, Fijman y Aguirre, les agregaría Felisberto Hernández y el
nicaragüense Ernesto Cardenal.
Entre los trabajos míos no sabría qué elegir. Eso lo dejaría para algún lector
muy generoso o que tenga afinidad con lo que intento transmitir...
Son muchos años de obras diferentes y circunstancias muy variadas, desde las
cosas íntimas hasta las que tienen relación con la vida y el mundo, con sus
limitaciones. Podría ser, por fin, algo que todavía no escribí y que cumpliera
—eso me gustaría— con tu deseo y el mío de llegar a una buena “interrogación
existencial”...
SdT — Decías antes: “De todo lo que he escrito tengo preferencias por un libro
que me ‘abrió’ el mundo latinoamericano: Historias salvajes, en 1976. ¿Por qué
esa preferencia?
ALP — Un nuevo libro es la corrección de todos los anteriores o el complemento
de lo que creemos más válido en el tiempo, teniendo en cuenta nuestros propios
cambios y los diversos sucesos socioculturales en movimiento. En ese librito me
pareció indispensable suprimir la puntuación y las mayúsculas, con el fin de
lograr mayor libertad expresiva “muy lejos de la exquisitez o el autobarroquismo”,
como escribió Roberto Juarroz en la contratapa. Quizás por esa simple razón de
“renovación” del lenguaje, adaptándolo a las ideas que tenía entonces, he dicho
que me interesa más que otras obras. Pero lo esencial es que habíamos regresado
de un viaje de vacaciones a México y Perú, en junio de 1976. Nuestras
experiencias fueron muy intensas al conocer de cerca la cultura indígena, la
grandiosidad de las obras y costumbres de los pueblos prehispánicos. Tres meses
antes habían prestado juramento Videla, Massera y Agosti, ya condenados y
execrados como miembros de la Junta militar que se propuso “reorganizar la
Nación”. Los diarios anunciaron la “total normalidad en el país”, suspendidas
las actividades de los partidos políticos, gremios y entidades empresarias. Tal
el clima o el ámbito intelectual y social en que nacieron las “historias
salvajes”. Pasados los años, pienso que nuestra experiencia americana, con los
valores existentes y una concepción universal y humana opuesta al absolutismo y
la alineación, nos habían salvado al reconocer otra forma de vida y solidaridad.
SdT —
-¿Qué lugar ocupa en tu tarea la “composición” del poema, es decir, la
elaboración? ¿Qué importa más que nada en tu momento de ponerte a escribir? ¿De
dónde nacen tus poemas? ¿Qué lectores te gustaría tener?
ALP — Creo, en base a una tarea de muchos años, que al escribir cuento con una
“composición” interior, que me permite elegir las palabras y dar tiempo para
aquellas que no sabemos cómo nacen. La espera es la mejor consejera, siempre que
existan, desde luego, esas cosas que da la lectura y la historia personal, con
las enseñanzas recibidas desde el origen. Importa también desconfiar de los
resultados pasajeros, “convivir” con los fracasos y evitar la elaboración
apresurada.
Lo que uno hace viene de muy lejos, aunque parezca lo contrario. Tan lejos como
la distancia al silencio o al vacío. Un gran poeta que me ha honrado con su
amistad, Raúl Gustavo Aguirre, resumió así su relación con la poesía: “El
lenguaje que soy”. Y este “ser” en nuestras palabras no hace caso de lo
transitorio o lo inmediato; se hace realidad donde mejor nos representa.
En cuanto a la última pregunta... Como para todos nosotros el “círculo” de
lectores es muy reducido, no tengo preferencias. No sé si me agradarían los que
leen a un autor por la propaganda o el éxito momentáneo, con la aclaración de
que no es algo sustancial…
SdT
— ¿Hay “esencialismo” o “sintetismo” en tus poemas? ¿Hay “ismo’’ alguno en tus
poemas?
ALP — Si hay algo, si puede decirse que conseguí concretar una buena línea... la
clasificación no es lo importante. En todo caso sería más lógico que lo hiciera
algún crítico, y entonces tendría la respuesta. Es muy fácil encasillar lo que
uno escribe, adoptando el “ismo” más ajustado a los temas o modalidades del
texto. Pero es mejor una poesía libre de “ismos”…
SdT — ¿Cómo ves el presente de aceleración tecnológica y científica? ¿Cómo ves la
marcha de la humanidad y el mundo actual?
ALP — Todo eso no lo veo como político, ni como sociólogo, ni como economista o
escritor; lo veo y lo padezco como ser humano. Me pregunto yo ahora: ¿Qué
debería hacer, y cómo responder frente a tan profundos interrogantes acerca del
presente y el futuro?
Cuando estuvimos en Cuba, allá por 1979, vimos unos carteles en las calles de La
Habana que me parecen buenos ejemplos de política social. Decía uno: “Para tener
hay que trabajar”. Otro: “Queremos una paz con respeto, con independencia y
seguridad para todos”. Y otro: “Desplegó alas la victoria”. Y éste: “Señores
imperialistas: no les tenemos absolutamente ningún miedo!”. Y por fin el que más
tuvo que ver con la revolución cubana: “A conquistar el 2000 con el estudio, el
trabajo y nuestra lucha”… ¿No son éstas maneras directas y transparentes de ver
las cosas del mundo con alguna esperanza?
Recordemos estas palabras de César Vallejo: “El artista es un ser libérrimo y
obra muy por encima de los programas políticos, sin estar fuera de la política».
La lúcida frase del poeta peruano nos ayuda a entrar en estos temas de la
actualidad, que ninguno de nosotros podría ignorar, y corresponde que nos den
soluciones los que gobiernan. Pero si éstos nunca se han preocupado por ir más
allá de sus estrechas plataformas políticas, queda a cada uno hacer lo que sabe,
puede o prefiere hacer. Viendo cómo marcha la humanidad en los “mapas del
poder”, los márgenes de acción dependen de la actividad elegida, sea en el orden
social, en el arte o en las infinitas cosas que podemos realizar. Para todo
esto, lo que más importa es la responsabilidad, la honradez y el espíritu de
lucha. Y la Poesía es una de los más nobles instrumentos en la búsqueda de una
sociedad justa para el “conjunto humano”.
(marzo 2008)
[Entrevista: Signos del Topo]
__________
Este texto ha sido publicado en la Colección Los poemas y sus poetas, en una edición especial (la Nº 0) dedicada (sin previo aviso, cosa de impedirle su negativa) al poeta mismo, que es también uno de los editores —con Alberto a. Arias— de dicha colección.
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