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La guerra de EE.UU. contra periodistas
•
por Amy Goodman
Sami al-Haj es hoy un hombre libre luego de
haber sido prisionero del ejército de Estados Unidos durante más de seis años.
¿Su crimen?: Ejercer el periodismo.
En su
embestida contra los periodistas, el gobierno de Bush
ha encarado acciones tales como ataques directos, intimidación, encarcelamiento
y bloqueo informativo para limitar la capacidad de los periodistas para hacer su
trabajo. El blanco principal durante estos últimos siete años ha sido Al-Jazeera,
la emisora árabe de televisión con sede en Doha, Qatar.
En noviembre de 2001, a pesar de que Al-Jazeera había
proporcionado al ejército de Estados Unidos las coordenadas de sus oficinas en
Kabul, bombarderos estadounidenses atacaron la sede de Al-Jazeera,
destruyéndola. Un reportero de Al-Jazeera que cubría la cumbre entre George Bush
y Vladimir Putin celebrada en Crawford, Texas, ese mismo mes, fue detenido por
el FBI porque su tarjeta de crédito estaba “vinculada a Afganistán”. En la
primavera de 2003, Estados Unidos lanzó cuatro bombas sobre el hotel Sheraton de
Basora, Irak, lugar en el que los corresponsales de Al-Jazeera –los únicos
periodistas que informaban desde aquella ciudad– eran los únicos huéspedes. Otro
trabajador de Al-Jazeera, al pasar por un puesto de control en Bagdad, mostró su
identificación a un infante de marina estadounidense, pero sólo consiguió que
los marines dispararan contra su vehículo. Él salió ileso. No se puede decir lo
mismo de Tareq Ayyoub, un corresponsal de Al-Jazeera que se hallaba en el techo
de las oficinas de la cadena de noticias en Bagdad el 8 de abril de 2003 cuando
un avión de combate estadounidense lanzó misiles contra el edificio. Tareq
resultó muerto. Su viuda, Dima Tahboub, me dijo: “El odio engendra odio. Estados
Unidos afirmó que estaba haciendo esto para aniquilar el terrorismo. ¿Quién
practica el terrorismo ahora?”.
Y luego está la
historia de Sami al-Haj. Como camarógrafo de Al- Jazeera, informaba sobre la
invasión estadounidense de Afganistán. El 15 de diciembre de 2001, cuando se
encontraba en una ciudad paquistaní cercana a la frontera con Afganistán, Haj
fue arrestado, y posteriormente enviado a una prisión en Afganistán. Seis meses
después, esposado y amordazado, fue trasladado en avión a la prisión
estadounidense de la Bahía de Guantánamo. Haj estuvo detenido allí durante casi
seis años, fue interrogado repetidas veces pero nunca se lo acusó de ningún
crimen y nunca fue juzgado por ningún tribunal. Realizó una huelga de hambre
durante más de un año, pero fue alimentado a la fuerza por sus carceleros, a
través de un tubo introducido por la nariz hasta su estómago. Haj fue liberado
repentinamente esta semana. El gobierno de Estados Unidos anunció su traslado a
Sudan, su país de origen, para ser custodiado allí, pero el gobierno de Sudán no
llevó a cabo ninguna acción contra él. Fue llevado inmediatamente a una sala de
urgencias, y en poco tiempo fue visto nuevamente en su emisora, Al-Jazeera:
“Estoy
muy feliz de estar en Sudán, pero a la vez estoy muy triste por la situación de
nuestros hermanos que siguen en Guantánamo. Las condiciones en Guantánamo son
muy, muy malas, y empeoran día a día. Nuestra condición humana, nuestra dignidad
humana fue violada; el gobierno estadounidense fue más allá de todos los valores
humanos, de todos los valores morales y de todos los valores religiosos. En
Guantánamo hay animales llamados iguanas, ratas que son tratadas con más
humanidad. Pero hay gente de más de 50 países que está completamente privada de
todos sus derechos y privilegios, y a quienes no les conceden los derechos que
otorgan a los animales”. Haj describió la profanación del Corán como parte de
los esfuerzos para quebrantar su voluntad: “Demostraban su desprecio al Corán,
lo destruyeron varias veces y ponían sus pies sucios sobre él. También se
sentaban en el Corán cuando intentaban enfadarnos. Cometieron repetidas
violaciones contra nuestra dignidad y nuestros órganos sexuales”. Al menos un
funcionario del Departamento de Defensa ha negado esas acusaciones.
En enero, Asim al-Haj,
hermano de Sami, me habló sobre los 130 interrogatorios en una entrevista:
“Durante aquel tiempo, los interrogatorios trataban todos sobre Al-Jazeera y su
presunta relación con al-Qaeda. Intentaron inducir a mi hermano a que espiara a
sus colegas de Al-Jazeera”.
Según el
Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés), 10
periodistas han permanecido detenidos por el ejército de Estados Unidos durante
largos períodos de tiempo y después han sido liberados sin que se presentaran
cargos en su contra. Hace unas semanas, el ejército
estadounidense liberó en Irak al fotógrafo de Associated Press Bilal Hussein,
ganador del Premio Pulitzer, luego de haberlo mantenido en prisión durante dos
años sin presentar cargos en su contra. El ejército había acusado a Hussein en
una ocasión de ser un “agente terrorista que se había infiltrado en AP”.
El comité
informa que 127 periodistas y otros 50 trabajadores de medios de comunicación
han sido asesinados en Irak desde 2003, mucho más del doble de los periodistas
fallecidos en la Segunda Guerra Mundial. Debemos
recordarle al gobierno de Bush: no maten al mensajero.
[7 mayo 2008]
Amy Goodman
En inglés:
http://www.democracynow.org/blog/2008/5/7/amy_goodmans_new_column_
Traducido por: Ángel Domínguez y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org www.democracynow.org/es
(( Esta nota fue publicada originalmente el 7 de mayo de 2008 en la Columna Semanal de Amy Goodman, en Democracy Now! ))
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"La guerra de EE.UU. contra periodistas"
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